viernes, 10 de diciembre de 2010

Atención al cliente: semos eficaces

Esta misma mañana. Vodafone.
Tropecientas opciones hasta conseguir hablar con un humano. Le explico lo que quiero.
- Ha de ir a una oficina personalmente.
- Muy bien, respondo, pero para asegurarme de llevar todos los papeles correctamente dame por favor el número de teléfono de la oficina de Gran Vía, 64, de Madrid para consultar.
- ¿Código postal?
- ¿Cual? el mío?
- No, me dice, el de la oficina...
- ... A ver, reina, es TU empresa, tú lo sabrás, no?
- (Silencio agresivo). ¿De qué ciudad?
- Madrid... ya te lo he dicho...
- Dirección?
- Gran Vía, 64.. pero si tú misma me has dicho a qué oficina debía ir¡¡¡
- Pues es que tenemos oficinas en toda España, no me sé los códigos postales de todas...
- (Flipo) Y mi empresa tiene oficinas en el mundo entero y tengo una base de datos de todas ellas, a que tú también?
- (Silencio agresivo dos, redoblado), uy, pues la oficina de Gran Vía, 64 no atiende estos temas, será la de Gran Vía, 30.
- (La mar salada) Pues antes era la del 64, según tú, pero puede haberse trasmutado en tienda de chinos en cuestión de minutos...
- ¿Cómo?
- Nada, que si me das el número de Gran Vía, 30...
- El 913333333...
- Muy bien, alguna otra oficina en Gran Vía que sí atienda estos temas?
- La de Gran Vía, 85.
- Me facilitas el teléfono, por favor?
- El 914444444.
- Muchas gracias, buenos días.

Marco al 913333333.
Movistar le informa que este abonado es un señor de Cuenca jubilado.
Genial.
Marco al 914444444.
Movistar le informa que este abonado es una tienda de chuches cerrada por indigestión.
Estupendo.

¿Alguien sabe si los operadores de atención al cliente están emparentados con los controladores aéreos por la parte de "aquetecabreo"?

viernes, 3 de diciembre de 2010

maternidad: una nueva religión?

Mi mejor amiga del instituto fue la primera de todos mis amigos que se casó y tuvo hijos. Llevará unos veinte años de pacífica y armónica vida matrimonial y sus dos hijos son un ejemplo de chavales bien educados.

Yo no sé cómo lo hace y por eso le pregunto cada dos por tres los secretillos que utiliza para mantener en perfecta forma esa familia que tanta envidia me despierta.

Cuando le conté que estaba embarazada, me dijo, casi susurrando:

- Te voy a decir algo que es políticamente incorrecto y muy mal visto en estos tiempos, pero yo creo en ello, lo he aplicado y me ha funcionado.

Ah, chingados¡¡ pensé, esta es la madre de todos los secretos... afiné la oreja...

- Los niños nacen sin derechos y se los tienen que ganar, día a día, a pulso, aprendiendo, trabajando, estudiando, equivocándose, jugando, siendo castigados, siendo premiados. Pero eso de que "mi niño hace lo que le viene en gana, porque es el rey de la casa", lo siento mucho, chica, pero no.

- Y no -continuó- porque mi trabajo como madre es, en primer lugar, que sobrevivan, en segundo que aprendan cómo manejarse en la vida y para ello es vital cumplir las normas, so pena de convertirse en unos marginados o delincuentes, y en tercer lugar, que aprendan a volar solos.

Para mí, la palabra de amiga es santa. No tengo más que ver las "pruebas" encarnadas en dos hombretones ya, mayores de edad, brillantes en los estudios, buenos para el deporte (uno más que otro, como suele pasar), buenas personas y con unos modales dignos de colegio suizo.

Como soy nueva en esto, seguramente acabe comiéndome con patatas mis palabras, ya se encargará la Lola de desubicar todas mis buenas intenciones al respecto de su educación. Pero al menos, hoy, tenemos nuestras teorías y a la medida de su tamaño (bolilla de carne de 72 cms) se las vamos aplicando con no mala fortuna, de momento.

Cierto es que yo soy más severa (en la teoría, al menos) que el Mandarín. Pero alguien ha de hacer de "poli malo" para que no se te suban a las barbas.

Parece que hoy en virtud de eso que llaman "crianza natural" los padres se someten a los deseos de los hijos y se afanan por no decepcionarles no sea que se "traumen", llegando a extremos absurdos como dejarles saltar en el sofá de la casa que visitan (son tan ricos¡¡), vociferar en un restaurante mientras corren entre las mesas molestando a todo el mundo, comprar regalos carísimos a niños pequeños cuando no eres rico (y probablemente, aunque lo fueras), permitirles insultos, faltas de respeto, agresiones o insolencias con un tibio "eso no se hace, eso no se dice" que le entra por un oído y le sale por el otro porque no tiene consecuencias... Estoy harta de esto, de verdad.

Estoy harta de ver a padres corriendo tras sus hijos para complacerlos a cómo de lugar. Estoy harta de ver cómo la estupidez, el miedo, la sobreprotección o quién sabe qué convierte a adultos en peleles sometidos a los caprichos de un pequeño tirano chantajista que canjea sonrisas y paz a cambio de la puntual atención a sus deseos.

Me apena ver a padres limitados socialmente porque su hijo no se sabe comportar ni cinco minutos. Me entristece que haya padres esclavizados por el ritmo que impone un pequeño como si fuera el centro del universo.

Los niños son una parte de la familia, una parte más, y hemos de aprender a convivir entre todos, atendiendo las necesidades y obligaciones de todos.

Porque los padres también tenemos necesidades.

martes, 30 de noviembre de 2010

Infancia es destino?

Sinceramente, queridos, espero que no.

O mejor dicho: espero que no sea hereditario.

Porque esta que os quiere (no a todos, seamos francos) tuvo una infancia, digamos, peculiar. Y no es que reniegue de mi pasado pasadísimo, que he aprendido a reconciliarme con las partes que no me gustaban. Más bien se trata de que la enorme originalidad con que fuí educada me convirtió en "la rara del cole", factor discriminatorio a más no poder que de no llevar puesta la coraza de una autoestima grande como la catedral de Burgos, hubiera acabado formando parte del mobiliario de algún afamado psiquiatra infantil.


Pero cuando has nacido en el 69 y te has criado en un pueblo, de eso no hay así que toca sobrevivir.

De mis primeros recuerdos en la escuela de monjas a la que me llevaron, sobresale el retrato de Franco presidiendo la clase. Yo pensaba que se se parecía a mi abuelo materno y que debía ser el abuelo de la sita Andrea, mi maestra.

Me han contado que un día, en clase de religión, osé alzar la voz contra la sita Andrea discutiéndole la bonita historia de Adán y Eva, y sosteniendo que aquello era un camelo de los gordos porque el hombre descendía del mono y no de dos incautos con taparrabos perdidos en un vergel idílico. Tenía cinco años y una mirada angelical. Pero a mí que no me vinieran con cuentos que mi padre era rojo y Darwin era un dios en casa (y Franco aún no la había palmado, amo el riesgo, ya veis).

Al curso siguiente estrenaba cole nuevo. Laico, claro. 

Mis padres esperaron entonces dos años tras la muerte de Franco, para asegurarse que no resucitaba ni nada, y se separaron. Eran los setenta. En España. En un pueblo donde todos nos conocíamos. Conmoción. Shock. Escándalo.

Mi madre nos llevó a vivir con sus padres a un piso triplex en la Castellana tan grande y oscuro que nunca me animé a investigarlo entero. Me cagaba de miedo con solo poner un pie en la escalera que daba al piso superior. Todo el mundo en la megacasa aquella no escatimaba esfuerzos por disimular su disgusto por la situación. No recuerdo que nadie nos prestara una especial atención, ni cuidados ni nada. Ahí te las ventilabas sola. En aquella época, los niños eran invisibles y apartados de todo.

Gracias al historial familiar, mi madre nos coló en mitad de curso en su antiguo colegio suizo. Éramos las recién incorporadas, las nuevas, las hijas de una separada. De pueblo, encima. Aunque yo estaba encantada de llevar uniforme y dejar en el armario los eternos pantalones de pana. Y de tener una compañera de pupitre sudafricana que presumía de ser un vampiro. Cada raspón que me hacía en las rodillas, le alargaba la pata para que me lamiera la herida.

Pero aquello no duró mucho y regresamos al pueblo. Nueva casa, nuevo cole (sin uniforme, jo) y nuevos aires para mi madre que le invadió el espíritu de Carmen Martínez-Bordiú y decidió que nos criara mi padre. El escándalo aquí alcanzó cotas legendarias.

Mi padre se encontró de la noche a la mañana con un par de crias a las que había que mantener vivas el mayor tiempo posible y no sabía cómo hacerlo. Así que pensó que cuanta más gente participara en nuestra educación, mejor. Y la que había sido la casa familiar se convirtió en "la casa de tócame roque". Allí todos los días había fiestas. Venga gente desfilando, cocinando, bebiendo, bailando.

Bienvenidos músicos, pintores, fotógrafos, escultores. A ser posible, de izquierdas y separados. Parecíamos el club de Toby. Todo el mundo era artista y raro. Pero era muy divertido aunque cada dos por tres nos cortaran la luz o el teléfonos por olvidar pagarlo. Aunque el agua se congelara en las tuberías del frío que hacía. Bailábamos samba para entrar en calor. Agarrábamos la manguera del jardín y regábamos el cole de monjas que había enfrente, preferiblemente en horas de clase.

Mi padre nunca fue al cole a hablar con los profesores ni nos ayudó a hacer los deberes. Pero con diez años conocía tan bien el románico, el gótico y el barroco que aprobé arte de primero de carrera sólo con recordar mi infancia. A mi padre le importaba poco si aprobábamos matemáticas pero sí que distinguiéramos a Mozart de Bach. Y que conociéramos el cine de la Nouvelle Vague y del neorrealismo italiano al dedillo.

Mi padre jamás fue a una representación del colegio ni a las exhibiciones de gimnasia rítmica. Pero nos llevó siempre con él a todos los viajes y nos compartía con sus amigos, como uno más de la pandilla que siempre nos acompañaba.

Mi padre jamás nos llevó ni nos recogió de ningún cumpleaños o fiesta de gente del cole. Pero nuestros amigos siempre eran bienvenidos y era frecuente que nos los lleváramos a escalar, a escarbar en yacimientos abandonados, a hacer espeleleología o a estudiar catedrales.

Mi padre nunca nos habló de la homosexualidad pero sus mejores amigas eran cinco lesbianas y crecimos sabiendo que era otra forma más de quererse.

Mi padre nunca se preocupó de cosernos un roto del pantalón o de llevar la ropa perfectamente límpia, pero nos enseñaba a comer quesos y foie como señoritas elegantes.

Claro, esta forma de vida tuvo efectos en nuestras pequeñas mentes que nos marcaban como "distintas". En lugar de ver el "un,dos, tres" mi padre me encasquetaba las obras completas de Moliere, y lo peor es que yo me las devoraba y suplicaba más, como una yonqui. Y luego el lunes no podía jugar en el patio porque no me sabía el "un, dos, tres". Y os aseguro que a nadie le apetecía verme recitar diálogos de "El Enfermo Imaginario".

Como podeis imaginar, me aburrían sobremanera. Pero una parte de mí, quería ser como ellos. He aquí el quid de la cuestión.

Que tus mejores amigos cuando tienes 11 años sean los amigos de tu padre, no es muy normal. Y supongo que tampoco es muy sano.

Por eso espero ser un poco más lista y dejar que mi Lola tenga un desarrollo normal. Que lea "Teo en tren" como primera lectura, por ejemplo, en lugar de "La Odisea", como yo.

Que así me he quedado y he terminado escribiendo un blog porque no hay quien me aguante. Hombre.

lunes, 29 de noviembre de 2010

Crianza con apego: what a fuck???

Queridos pececillos;

Probablemente a todas las mujeres que hemos sido madres (o lo van a ser en un futuro próximo) y que tengan un mímino de curiosidad y ocio para perder en la blogosfera y/o foros de maternidad, les ha tocado en suerte toparse con esta corriente que levanta pasiones tanto a favor como en contra que se hace llamar "crianza con apego".

Será que soy una madre desnaturalizada, oigan, pero a mí estas modas me parecen una soberana chorrada.

Soy una mujer trabajadora a jornada completa que no puede permitirse el lujo de pedir una mísera reducción de jornada porque no llego a fin de mes, no digamos ya una excedencia.

Me parece genial que algunas señoras decidan aparcar su vida laboral y se dediquen a criar. Yo no puedo. Pero es que tampoco lo quiero, ya ven, lo que les digo: una madre desnaturalizada.

Me tiré seis meses de baja maternal dedicados en exclusiva a mi Lola, practicando una muy feliz lactancia natural, cambiando pañales y durmiendo con ella muuuchas noches. Lo disfruté mucho, de veras.

Pero también me gustó regresar a mi trabajo y dejarme de sentir una ama de casa que espera a que regrese su marido con el plato caliente sobre la mesa y la casa límpia. Hubo momentos en los que sentía que los días eran iguales, que yo estaba fuera del mundo flotando en un planeta que olía a leche y loción de bebé, alejada del trepidante ritmo al que viajaban los demás: suspendida en un limbo alienante y monótono.

Me aferraba a los informativos como si fuera el único cordón umbilical con el mundo de ahí fuera en el que los demás estaban y yo no.

Regresé a mi trabajo, como digo, y me gustó. Pero la Lola se despertaba cada cuatro horas pidiendo leche. Por más que le explicaba yo que ahora mamá debía descansar para poder ir a trabajar más o menos despejada, ella a lo suyo y berreaba y berreaba hasta que la daba su dosis acostumbrada.

Tras un mes de incorporación laboral y noches sin fin, quería yo morir, que la Lola heredara todos mis bienes (y deudas) y se comprara una central lechera para ella sola.

Estaba tan mal que una amiga se apiadó de mí (Gracias, Cris) y me habló del método Estivil. Sí, ese método cruel y desalmado según las acólitas de la crianza con apego, ese. Pues mano de santo. La Lola el tercer día dormía doce horas (doce¡¡, ustedes imaginan?) seguidas. Pensé que se había muerto. Pero no, ahí seguía la tía, roncando a pata suelta, como una bendita.

Me salvó la vida. Literal. A mí y al Mandarín y a todos los vecinos que tan pacientemente nos han soportado.

No practicamos colecho, salvo que esté enferma. Ella tiene su cuna, nosotros nuestra cama y las arañas, las grietas de la pared. Cada quien en su lugar.

Conozco una pareja que desde que tuvieron a su nena, él duerme en el sofá para dejar su sitio a su bebé, que duerme con la madre. ¿Les parece normal esto?. ¿Es sano que un niño de casi tres años duerma con la madre mientras ha de hacerlo el padre en el sofá, sin que el pobre se haya gastado los ahorros en un bingo o haya traído una esposa rusa?. Ustedes dirán...

La crianza con apego mantiene que es de vital importancia para la supervivencia del niño que sea capaz de comunicar sus necesidades a los adultos y que estas sean atendidas sin demora.

Pues mire usté, tampoco estoy de acuerdo. Sobre todo, en el "sin demora". Cuando la Lola, como hoy, quiere "cuatrosinco" que quiere decir subir y bajar la escalera tropecientas veces, se tiene que conformar con una y da gracias. Porque mamá tiene que hacer la comida y marcharse a trabajar de nuevo y no puedo estar cuatrosinco dos horas que no tengo.

Frustración, querida Lola, esto se llama frustración. Bienvenida a la vida, pequeña. Yo no tengo un ático con terraza y cuatro habitaciones y tú no tienes cuatrosinco. Así son las cosas y todos lidiamos con ello.

Me parece que nos estamos volviendo un poco locos con tanta norma, tanta moda y tanto panfleto... seguiré otro día, que esto da para mucho.

martes, 23 de noviembre de 2010

Una de dramaqueen

En estos días me he visto envuelta, sin yo quererlo, en un enredo sentimental tipo culebrón de cuarta regional. Que las mujeres somos malas malísimas cuando nos sentimos heridas es una verdad que a ver quién es el guapo que me la rebate. Que hay tipos sueltos por el mundo que se merecen las siete plagas de Egipto, pues también.

Cuando a uno le rompen el corazón en pedacitos, es fácil que llegue el momento en que se sorprenda a sí mismo imaginando torturas que infligiría al otro con sumo deleite en su Guantánamo emocional: ese parque de atracciones del dolor en el que encerraríamos al objeto de nuestros desgarros de por vida y más allá.


Se hace lo del manual: llamas a todos tus amigos y les dejas sin cenar porque te tienen que escuchar el detallado relato de sus infamias, hay que ver, quién lo iba a decir con lo majo que parecía. El que osa decir "si ya te lo decía yo" se juega la vida.

Esto lo sabemos todos, no?. El Mandarín no cuenta porque hace taichi, come algas, nunca le han roto el corazón y después de tres años sigue queriendo estar conmigo, así que es obvio que no es humano.

Lo normal es que tras agotar el bono de mil minutos de lloreras e insultos con tus amigos más pacientes, las diez borracheras de rigor y algún patinazo en forma de mensaje a deshoras o mail victimista, una se sacuda la melena y se ponga a la tarea de la reconstrucción cargadita de promesas para consigo misma llenas de respeto y dignidad (lo que quiera que eso signifique para cada quién).

Pero a veces, la carga de odio trasciende el dolor y se encomieda una a la sagrada misión a la que le va a dedicar sus energías más abyectas: la Vendetta...

A mí las venganzas sólo me gusta imaginarlas, qué quieren que les diga. Reconozco la labor terapéutica del repaso mental del catálogo de horrores y es un consuelo (íntimo e inútil) saber que puedes llevarlo a cabo. Yo misma he asesinado de múltiples formas a unos cuantos cientos de indeseables de manera virtual y me he quedado la mar de pancha.

Otro menos, me digo, y duermo como lirón careto.

Pero de imaginarlo a llevarlo a cabo va un mundo, oigan. Un mundo de trabajo, esfuerzo, horas dedicadas a una tarea de algo más que incierto final y con menos garantías de satisfacción que una noche de lujuria con Bendicto XVI.

No, amigos, la venganza no es para mí. Me vence la pereza y que lo castigue otro, que yo no tengo tiempo, ni ganas de ensuciarme.

Amos venga voy a estar yo persiguiendo al tipo a ver por dónde le pillo para darle su "justo" castigo. Como si no hubieran blogs que leer, pelis que descubrir o vinos por descorchar.

Ay, amigos, qué extraños vericuetos tiene el alma de algunos que se aferran a los que les daña con el único propósito de causar más daño.

Y qué perezón, señor...

martes, 16 de noviembre de 2010

Ideas para regalar



Queridos todos;

Ante la inminencia de las fiestas navideñas y como luego os pilla el toro a última hora haciendo compras como locos en cualquier gran cutre-superficie, os voy a dar unas ideas que os van a solucionar unos cuantos compromisos de la mejor de las maneras.

A la tía Enriqueta, la solterona, esa que se tiñe el pelo de lila o rosa (la tercera edad es muy punk y no se lo tenemos lo suficientemente reconocido), que hace pañitos de ganchillo hasta para poner el papel higiénico y siempre te agarra del brazo haciendo cepo, mientras te susurra al oído:

- A tí, que eres mi favorita, te voy a legar mi colección completa de Lladró, la buena... (y tú sientes escalofríos de pensarlo)

A esa buena mujer, podeis hacerla muy feliz si la obsequiais con alguna figurita de Jessica Harrison que es una artista super maja con una infancia super feliz, tal y como se refleja en su obra.

Al bebé de la casa (esto no es válido para los hijos propios) pongamos al sobrinito ceporro y llorón que pone la banda sonora de cada celebración con sus llamadas de atención, sus gritos y pataletas ante el estoicismo de sus padres que han perdido todo sentido del respeto por el oído ajeno, nada mejor que algún complemento de Shi Jinsong, artista chino, experto en educación infantil.

Ya vereis como no se vuelve a oir ni una mosca, oye.

A mamá, obsesa de la limpieza, capaz de sostener y manejar a la vez, cual diosa Kali, el matamoscas, el cucal, trapos varios, la escoba, el recogedor y la aspiradora a la búsqueda del bicho infecto que no la dejará dormir hasta que sea ejecutado públicamente (y con escarnio previo), ¿qué mejor regalo que un fabricador de bichos, para que siempre esté ocupada?

Se pueden realizar en varios sabores, para que no digan.

Desde Chez Tribeca seguiremos investigando el mercado para ofrecerles muy pronto nuevos gadgets para solazarles.

Aprovechen, pececillos, estos consejos que les damos y verán como alguien les estará muy agradecido. Puede que no exactamente el destinatario del regalo, pero alguien se parte, seguro.

De nada.

martes, 2 de noviembre de 2010

recaudemos como sea


Esta mañana he ido a dejar a mi Lola en la guardería, como cada día, buscando maletines olvidados por la calle repletos de euros procedentes del blanqueo de capitales o de la financiación ilegal de los de las gaviotas, a ver si salgo de pobre y no tengo que entregar a los brazos de la monjacuervo a mi retoño sin cristianizar (aún y por muchos años).

Cuando hacíamos el trasvase de manos, me suelta la monja:

- Hay que pagar esta semana 30 euros.
- 30 euros?, pregunto yo, porqué?

Si me dice que porque se lo ha pedido dios, la arreo.

- Por los libros... dice suavemente mientras desvía la mirada hacia otros niños.
- Oiga, cómo que "por los libros"? ¿qué libros?, si mi hija tiene 16 meses¡¡ no sabe leer¡¡

Aquí la monja pone el modo on "que soy india y no me entero" y repite con su voz suave:

- Pues por las fichas, los libros y las fichas que usan...

Miren ustedes, he decidido no seguir indagando. Acepto el pago, qué le vamos a hacer. Cuando una tiene un bebé que en cuanto te das la vuelta se come una caja de tornillos (y los tritura concienzudamente y pide "mah, mamá"), hay cosas es que mejor no preguntar o te enfrentas a la respuesta que seguramente merezco, que debía ser algo como:

- Pues porque su hija se ha comido todos los libros de preescolar de esta planta y de la de abajo, los cuentos de disney (aquí hay que aplaudirla el buen gusto) y no ha dejado Pocoyo con cabeza. Su hija, señora, es una cabra montesa.

Prefiero pensar que esta es la verdadera razón y no que el afán recaudatorio del clero les lleva a estos extremos, porque mañana me veo pagando los condones en concepto de óbolo navideño. Ah, no que éstas no gastan.. pues las hostias.

Aunque esas se las daba yo gratis.

miércoles, 27 de octubre de 2010

lecherismo

Acabo de leer un post de Heike sobre el "lecherismo", fenómeno que ella define como "Dícese de la actitud ante la vida basada en vivir en el cuento de La Lechera de manera habitual". Pues bien, amigos, es la historia de mi vida.

El cuento de la lechera no os lo voy a contar aquí, que ya estais mayorcitos y os presupongo con una infancia leída. Y como todos os lo sabéis pues yo me alineo con Heike y me declaro fan del lecherismo, o más que fan, lo correcto sería decir "víctima" porque el lecherismo no trae nada bueno, señores.

De niña estaba convencida que iba a ser otra Schliemann y me ponía a escarbar en el jardín de casa buscando tesoros. De adolescente (a los doce años) que Mick Jagger iba a abandonar a la petarda de Jerry Hall por mí y nos íbamos a casar en las Barbados. Aquí el plan era más complicado porque se suponía que el señor Jagger se presentaría en mi casa a pedir mi mano, no se sabe cómo. Pero yo lo veía clarísimo sin tener en cuenta que yo:

a) no era supermodelo, como todas sus novias.
b) qué se le había perdido a él en mi pueblo.
c) no hablaba inglés más allá que la repetición fonética de sus canciones.
d) no nos conocíamos.

Más tarde estudié diseño de moda enamorada de las creaciones de Antonio Alvarado y Manuel Piña pero me topé con la realidad en forma de una profesora de costura y patronaje que me tenía ojeriza porque yo no iba a sus clases. "A mí que me cosan, coño -pensaba yo toda arrogante- los tecnicismos no me van que para eso soy una creadora". Suspendí, claro.

Después me matriculé en Historia, pero soñando con especializarme en arte. Y tuve que dar con una buenísma profesora de prehistoria que me hizo replantarme cambiar el arte por la paleontología. En segundo, mi profesor de etnología me convenció que lo mío era la antropología y así llegué al despacho del decano de una universidad privada para tratar de cursar sociología, el camino más cercano para llegar a antropología. La conversación fue más o menos así:

- Pero tú estudias historia? -señor decano-
- Sí, señor, por la tarde, en las mañanas trabajo hasta las dos.
- ¿Y a qué horas pretendes hacerlo? porque sólo hay dos turnos, mañana y tarde, son cinco horas lectivas...
- ¿Y si no duermo, me darían clases por la noche?

Aquel decano con sus detallitos sobre horarios me hizo fracasar como la brillante antropóloga que pude haber sido.

Luego me dió por vivir en otros lugares. He vivido en Londres, donde iba a retomar mis estudios de diseño en Saint Martins. En Lanzarote, donde iba a abrir un bar chill out con la mejor música de la isla. En Lisboa porque me gustaba la luz del atardecer y las casas tenían balcones altísimos. En Culiacán porque me iba a casar con un aprendiz de narco y yo podría estudiar la narcocultura en directo. En un pueblo pequeño pequeño para que mi hija pudiera ir al cole en bici y yo pudiera tener un huerto y el mandarín hacer su taichi mirando el río pasar.

Todo, huelga decirlo, sin moverme de mi ciudad, sin salir de casa, vaya. En mi imaginación prolífica y poderosa.

Mi última adquisición es lo que yo llamo "la acera de los sueños". Cuando voy cada mañana caminando a la oficina, circulo siempre por la misma acera y voy imaginando cómo voy a repartir los diez millones que me van a tocar en la lotería. Cancelamos las deudas a los amigos y familiares, compramos una casa enorme con jardín, y yo no tendré que dejar a mi pequeña en la guardería de las monjas-cuervo más porque podré ocuparme de ella.

Lo malo, queridos, es que ni siquiera juego. Y así el lecherismo sigue creciendo.

jueves, 30 de septiembre de 2010

cosas que una madre (primeriza) debe saber

Miren ustedes bien la fecha de caducidad de sus condones o pueden acabar como yo: FATAL.

Creo que es ahora cuando la verdadera dimensión de lo que supone la maternidad me está abriendo los ojitos ojerosos estos que luzco a duras penas. Es duro esto. Me ha costado casi quince meses reconocerlo, pero ahora lo hago, bajito y al oído pero lo hago.

Mi más rendida admiración hacia todas esas madres trabajadoras que llevan a sus retoños a la guardería hechos unos pimpollos, mientras cargan sus portafolios de ejecutivas y su melena perfecta a golpe de secador.

Desde que Lola va a la guardería yo no consigo llegar con el pelo en su sitio a la oficina. Y muchas veces, lo reconozco y no saben el dolor que esto me causa, tiro del odiadísimo chándal (eso sí, diseño malasañero gracias a la familia tensa que se lo regaló) porque dicen las monjas (esta es otra) que no se hacen con los petos monísimos, que son muy raros y que así no se manejan. Fuera petos y arriba el chándal, cielo santo.

Nos hemos visto obligados a llevar a Lola a una guardería de monjas porque era la única que podíamos pagar en un radio razonable entre nuestra casa y el trabajo. Y ahora mi niña señala al sagrado corazón como si fuera otro muñeco tipo Winnie the Pooh y a mí se me hiela la sangre. Mickey (que ya me fastidia bastante Disney), Pocoyo y la vírgen de la concepción. No me digan ustedes que es normal: los niños se han de quedar traumados venga rayos celestiales y sangre manando de heridas. La hostia, y nunca mejor dicho.

Mi niña llega a la clase y la recibe una monja pakistaní con su toca y su hábito, todo el kit completo: hasta las gafas de monja. Lola se pone a llorar, nos ha jodído¡¡¡, a ver quién es el guapo que no llora ante semejante panorama.

Yo salgo de allí con el corazón encogido y rezando (qué paradoja, no?) por que no la metan en la cabeza fantasías divinas que para eso ya estoy yo que hago volar los biberones como si fueran cohetes con sus ruidos de propulsión y todo. Y que me la devuelvan entera, que a esta gente le gustan mucho las reliquias y mi pequeña es muy bonita.

Pero es que además de las angustias metafísicas que me asaltan (sentido de culpa, responsabilidad, etc.) están las físicas, amigos. Y es que no ganamos para visitas al médico.

Yo, que me ufanaba de haber parido poco menos que a la hija de Aquiles: fuerte como un roble, inasequible a los males que aquejaban a toooodos los hijos de mis amigos y conocidos, ella, que no había probado paracetamol, ha llegado a la guardería y se ha hecho amiga íntima de todos los viruses y bacterias que pueblan la tierra y con todos llevamos conviviendo desde hace un mes.

Imagínense, amigos, un mes en los que hemos padecido juntas y al alimón (lo suyo es mío y juntas lo sufrimos) gastroenteritis, vómitos, diarreas, faringitis, otitis, dolores de muelas, gripe, resfriado común y del de edición especial con bonus track... su pediatra y yo estamos planeando las vacaciones juntas porque me va a salir a cuenta, no les digo más.

Estoy para el arrastre, con cinco kilos menos (yuju), unas ojeras que no se van con lejía, caminando como un zombi y sobreviviendo cada día como puedo en espera de que este tormentón pase pronto.

Esto en un mes, que como dice mi amiga Queenie, me quedan como 30 años por delante...

Y todo hay que decirlo, el artífice de que este delicadísimo equilibrio no se venga abajo es el mandarín. Él no se enferma, ni se pone de malas, ni me deja colgada. Él siempre está dispuesto, disponible y adelantándose a lo que hay que hacer con esa sonrisa maravillosa que ilumina los días tan difíciles que estamos pasando.

Es el tipo más grande que hay sobre la tierra.

Les dejo, que he de ir a ver a la pediatra de mi Lola, la visita diaria, ya saben.

miércoles, 22 de septiembre de 2010

Armada y peligrosa

Cuidado conmigo, amigos, que llevo carro.

Y es que empujar un artefacto violeta que parece una nave espacial con un hermoso y sonriente bebé sentado da una fuerza, un empaque, un "apártate-que-te-atropello" que es gloria bendita.

Algo, una fuerza desmesurada de entre valentía y mala leche me invade cuando conduzco el carro y se me dispara cuando me toca sufrir algún percance: sale la fiera y ataca sin piedad.

Esta mañana, sin ir más lejos, le he montado un escándalo a un vecino por ir fumando en el ascensor. Pero un señor escándalo, oigan. Le he llamado incívico, sucio, delincuente, irrespetuoso y poco menos que asesino por mancillar los pulmoncitos de mi bebé que está malita.

A ver, les voy a contar la verdad de la buena. Odio con todas mis fuerzas que la gente fume en el ascensor y soy dada a montar bronca cuando pillo a alguien haciéndolo. Me pongo hecha una hidra y como soy alta, encima asusto. Pero es que a este tipo, el de esta mañana, le tengo además ojeriza. Es igualito que Anacleto (agente secreto) pero con look homeless. Y me ha salido la manía a borbotones, persiguiéndole por el pasillo con mis improperios y el carro y la Lola saludándole con la mejor de sus sonrisas.

Ha debido flipar el pobre. La Lola en plan bebé encantador y su madre como una loca soltádole perlas negras como sus pulmones de Ducados sin filtro.

Vieran lo que le solté a una en la cola del súper por intentar colarse: casi me aplaude la parroquia que asistió a nuestro pleito. Que gané yo, por cierto. 

La cosa es que si no llevara el carro, no me pondría así de macarra. Soy consciente. Es como si empujar un carro me revistiera de una autoridad que sin él no tengo: la autoridad de ser una madre que defiende los pulmones (o lo que sea) de su hija. Pero qué racial y chungo, no?

Creo que tiene que ver con las hormonas, la aleación de los carros de bebé y el tinte de las capotas: nos vuelve un poco idiotas.

Así que ya saben, pececillos, cuídense de las madres con carrito que tiramos a dar.

martes, 31 de agosto de 2010

Bailad, malditos

Me he desayunado con la detención de "La Barbie", Edgar Valdéz Villarreal, destacado narcotraficante mexicano. La información se me atragantó por la sorpresa (feliz, aclaro) ofrecida en las noticias tempraneras de la cadena española de televisión Cuatro.

Además de esta noticia, han contado otras dos más sobre la guerra contra el narco que se viene librando en México hace ya demasiado años.

La espiral de locura y violencia en la que está inmerso el país, por más que bienintencionados traten de solaparla mostrando las virtudes y maravillas del gigante azteca, es carne de portada en las televisoras y periódicos del mundo entero.

Un saldo de 28 mil muertos en lo que va de legislatura (cuatro años) con el actual presidente, Felipe Calderón, no puede ser ninguneado ni disimulado con el discurso de "sólo sacan la cara fea de México" y "hay muchas cosas buenas que no quieren contar". Lo siento mucho, amigos de la cara amable, pero la noticia es el horror en el que se ven obligados a sobrevivir millones de mexicanos a diario cuando les sacan los tanques a la calle, imponen toques de queda, se cruzan en una balasera, invitan a tu hijo a una fiesta de cumple del hijo de un narco o mil situaciones a cual más loca que dificilmente podemos imaginar desde nuestra "segura" Europa.

Pero no piensen que les voya a echar un rollo de indignada porque no es el espacio adecuado.

Lo que que quiero mostrarles es un instante en una vida acomodada, ajena al horror y a la miseria. Unas bonitas y elegantes fotos (algunas de autor, se nota) de una celebración de quince años: con sus brillos, sus rasos, sus peinados ahuecados con esmero, su dineral en manicura y maquillaje, los amigos de la festejada posando felices y orgullosos de haber sido invitados, los músicos en plena pachanga (les suena Gloria Trevi, queridos?). Luces, escenario, barra libre sin duda, a todo dar. Un reventón como no hay dos.

La fiesta del año.

Queridos pececillos: así se divierten las hijas del narco¡¡.

Pásmense.

N.B.: Me pido una corona atascada de brillos para reyes.

lunes, 23 de agosto de 2010

La intimidad defendida


No estoy segura pero creo que es el tema de una de las exposiciones de mi mandarín y se me hace un buen título para resumir lo que ha pasado este finde: la defensa de nuestra intimidad.

Hemos empaquetado a Lola por mensajería urgente a la sección "avercuándomeladejas" de la familia. Pues toma. Disfrútala todo el finde que nosotros huimos.

Y nos hemos abandonado al silencio tumbados sobre una piedra, tomando el sol. Nos hemos bañado el río como cuando éramos críos. Hemos subido una montaña hasta llegar al circo de un glaciar. He fumado sin mirar a dónde va el humo. Nos hemos emborrachado. Hemos salido de cenar a las doce de la noche deambulando por el pueblo sin rumbo, sin agobiarnos porque es muy tarde. Hemos visto las estrellas. Hemos hecho ruido.

Y hemos decidido que tener un ratico para nosotros solos de cuando en cuando es fundamental.

La Sierra de Gredos nos ha tratado fenomenal y nos ha regalado imágenes como la de arriba. Es un poco (bastante) triste pero me gusta muchísimo. El Circo Parada en Barco de Ávila. Lo que me gusta es el rollo decadente y melancólico del escenario vacío, como abandonado pero con brillos.

Triste y brillante.

(Creo que sigo bajo los efectos del alcohol, ustedes dispensen)

jueves, 19 de agosto de 2010

Yo no era así (segunda parte)


Aviso: Este post va en serio. He leído una discusión en un foro y les he respondido lo que a continuación detallo con algunas pequeñas rectificaciones.

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Últimamente veo muchas discusiones acerca de la homeopatía lo que me parece muy interesante porque así todos podremos conocerla mejor (para bien o para mal). Yo misma he estado leyendo y oyendo hablar de ella mucho tiempo, antes de decidirme a usarla.

Un amigo mío, su esposa y sus hijos son tratados con medicina homeopática. Él me explicó cómo funciona y yo misma ví cómo se recuperaba de vitiligo, enfermedad que según la medicina occidental no tiene cura (http://es.wikipedia.org/wiki/Vitiligo). Tenía grandes extensiones de su cuerpo totalmente despigmentadas y siendo de piel muy morena, se veía horrible. Pues bien, tras un tratamiento RECETADO POR UN MÉDICO homeópata, al cabo de unos seis meses, apenas quedaba rastro de despigmentación y volvió a lucir su piel morena de siempre.

Yo estoy siguiendo un tratamiento homeopático y me encuentro mucho mejor, y mi hija de 14 meses empezará en breve un tratamiento para fortalecer sus defensas de cara al otoño y su entrada en la guardería.

Se me ponen los pelos de punta de pensar en tratamientos antibióticos que te dejan para el arrastre, el estómago del revés y el hígado de pena. Trataré de evitarlo en lo posible aunque, obviamente, si mi hija o alguien de la familia precisan un tratamiento con antibióticos, se hará porque lo importante es que estemos lo mejor posible.


En la medicina tradicional en occidente, cuando te duele la cabeza, ¿qué haces? te tomas un analgésico, ¿no?, pero no sabes porqué te duele la cabeza, no estás curando la causa: estás tapando el síntoma y dejando de sufrir, con lo cual si es algo más grave sólo se está alargando el problema y agravando, probablemente, sin averiguar y tratar la verdadera causa.

A la mayoría de gente le encanta eso de tomarse la pastillita y que le deje de doler. Si de veras se cura o no, no importa: mientras no se note nada mal por fuera, todo va bien… y luego, van saliendo todas estas pequeñas cosas que se van acumulando despues de años de malas, peligrosas e insalubres prácticas: daños hepáticos, úlceras, gastritis, etc. A la gente le dan jarabes, pastillas e inyecciones en lugar de enseñarles buenos hábitos de vida: les resulta más fácil, las farmacéticas les regalan viajecitos si promocionan sus medicamentos (menos mal que salió la ley del genérico, antes era escandaloso) y el enfermo siente, con su receta en el bolsillo, que no ha hecho el viaje en balde.

En vez de decirnos que dejemos de fumar, que hagamos ejercicio, que bajemos de peso mediante una dieta CONTROLADA y personalizada, que comamos menos harinas, azúcares y lácteos y más fruta, verdura y proteínas de calidad, nos recetan pastillas para bajar el colesterol, para bajar la tensión, para que no te duela la artrosis, para que las contracturas se relajen…

En homeopatía se trata al individuo de una forma global, teniendo en cuenta desde su carácter, su estado físico general, sus hábitos de vida y su estado emocional: todo. No es lo mismo la tensión alta en un señor de 60 años, obeso, gran comedor, sedentario y gruñón que en una ejecutiva de 40 años, delgada, superactiva y con problemas emocionales. ¿A que es algo que nos parece evidente?,  pues a la medicina ocidental le parece lo mismo y les receta la misma pastillita a ambos. Y eso como ponerles la misma chaqueta: a alguno le va a sentar mal.

En la medicina occidental es muy frecuente tratar el síntoma no el origen, por ejemplo, si a un hombre le dan migrañas por una depresión, le administran analgésicos y ya. El dolor desaparece, sí, pero mientras está bajo la medicación. ¿Qué pasará cuándo la deje? ¿y los daños físicos que deja esa medicación?, ¿porqué no se trata y busca el origen del dolor?.

En homeopatía se busca la causa y se trabaja en ella, en el entendido lógico que si se resuelve la causa, se dejarán de sentir los síntomas y para siempre.
No quiero extenderme más para no resultar pesada pero estos y otros motivos son los que me han hecho cambiarme a la homeopatía, estoy contenta y a mí me funciona. Y por supuesto, no me automedico, acudo a mi doctor y él evalúa mi estado y tratamiento.

Quién me ha visto quién me ve: con lo que me ha gustado a mí un lexatín, un miolastán... esas cositas, vaya... y ahora ¡¡aléjate de mí, producto químico¡¡. La crisis de los cuarenta me está pegando duro. Se abre la veda de las críticas. Dénle.

miércoles, 11 de agosto de 2010

Hoy comemos: farfalle a las prisas

Hambrientos pececillos: Qué mejor manera para aumentar el apetito que una rica receta de Chez Tribeca...

Soy de esas afortunadas que pueden comer en su casa y bien que lo hago, pero no siempre tengo todo organizado y las prisas requieren recetas fáciles y rápidas que puedas solucionar con lo que hay en la nevera... pues ésta es una de esas.

Apunten, queridos (para dos personas):

- Farfalle, macarrones o espagueti, penne o lo que les guste. En este caso voy a usar farfalle integral porque es lo que tenía en casa, pero todo sirve.

- Una cebolla grandecita.

- Tomate crudo maduro, dos piezas.

- Olivas negras (de esas latas que hay en el fonde de la despensa).

- Orégano, aceite y sal.

Se pone a cocer la pasta respetando los tiempos de cocción que figuran en el paquete (o no, ustedes mismos) mientras en una sartén mediana se pone a calentar aceite como unas tres cucharadas  soperas, o menos si estamos a régimen. Se pica con soltura y alegría la cebolla en cuadritos pequeños y se llora, porque es lo que único que pide la pobre como colofón a su corta vida, pues demósla gusto hombre...

Se vierte en la sartén la cebolla y se da vueltitas que se vaya haciendo a fuego no demasiado fuerte, más bien medio-alto. Mientras, se pican los tomates en cuadritos pequeños y se colocan en un bol cuidado que no pierda el jugo que sueltan. Se pican también olivas negras al gusto: de una lata, por ejemplo, la mitad está bien.

Se juntan con el tomate en el bol y cuando la cebolla ya está hecha, blandita y un poco dorada se añade el tomate con las olivas. Se dan unas vueltillas, pocas, lo justo para que tome un poco de temperatura el tomate y ya, sazonar con orégano y sal.

Servir la salsa sobre la pasta y a la mesa. A mí me gusta con un poco de parmesano espolvoreado por encima. Este plato es apto para vegetarianos, sanísimo y en unos quince-veinte minutos están comiendo.

Disfruten¡¡

Tengo manía especial a la gente que mezcla en la olla la pasta con la salsa. Y no digamos si encima sirve la olla en la mesa como si estuviéramos en un cuartel. Es algo que queda taaaaaaaaan feo, cutre y me da aspecto sucio. No cuesta tanto emplatar la pasta y servir la salsa por encima centrándola, sin manchar ni salpicar y queda muchísimo mejor: límpio, bonito y apetecible. En la mesa, ni ollas, ni tuppers ni señores sin camisa. Por favor¡¡

viernes, 6 de agosto de 2010

Cartero metafísico

Hace como media hora me ha ocurrido una de estas cosillas que hacen que una pierda la fe en la inteligencia humana. Definitivamente, el día del reparto a alguno le pilló durmiendo. Les cuento, pececillos, en homenaje al blog de una gran recopiladora de perlitas...

Salí a desayunar con mi compañero Charlyboy al café de enfrente de la oficina y de regreso, mientras aguárdabamos a que cambiar el semáforo, veo a un señor funcionario de correos parado en el portal inspeccionando meticulosamente los botones del panel del portero automático. En dicho panel, no todos los pisos están identificados porque un buen tanto pertenecen a una especie de residencia y se agrupan en uno, pero el nuestro sí lo está con el nombre de la empresa y el piso.

Cruzo la calle, me acerco sonriente y le pregunto:

- Disculpe, a qué piso va?
- Al 2º A...
- Estupendo, yo le atiendo, así no tiene que subir.
- Es que no encontraba el piso...
- Ah, pues aquí lo pone -le señalo el botoncito que luce el nombre de mi empresa y el piso- .
- Ya, si lo he visto pero como no conozco el portal no sé si es ese...
- Pero si lo pone y lo ha visto, no entiendo cuál es la duda...
- Que no sé cuántos 2º A hay, ¿ y si no es ese y es otro?  como hay muchos pisos sin identificar y no conozco el portal...
- Hombre, no creo que haga falta conocer todos los portales de Madrid para saber que lo normal es que si tiene que ir al 2º A y pone 2º A lo más probable es que ese sea su destino, no le parece?.
- Pues no, por ejemplo, aquí pone 3º A... me dice el tío, misterioso....
- ¿Y?, pregunto yo ya nerviosita...
- Pues que podría ser el 2º A...

Acabáramos... este hombre disfrazado de humilde funcionario de correos en realidad es metafísico y está en pleno viaje doblando los planos del tiempo y el espacio y me ha tenido que tocar a mí sus desvaríos...

- Pues podría, amigo, pero no lo es.. el 3º A es el 3º A y el 2º A es el 2º A y no le de usted más vueltas, hombre de dios, que hace mucho calor y no tengo ganas de juegos mentales. Me da el paquete?

Me mira el tipo como con sospecha y me pregunta:

- ¿Es usted Trybeca?
- Sí -afirmo con toda la seguridad y aplomo que soy capaz antes de que me invada la ira asesina- lo soy.

Me escanea de arriba a abajo como si fuera Terminator y con sus ojos leyera información fundamental para identificarme. Yo por dentro temblaba y me estaba enfureciendo por momentos, ya me estaba imaginando sus dudas: ¿será ella realmente o me estará mintiendo? ¿le pido el dni? ¿y si lo ha falsificado? ¿como sé que no hay más que una trybeca en este portal?...

Creo que debió adivinar que su vida estaba en peligro si osaba lanzar al aire otra de sus preguntas metafísicas y se decidió a entregarme el paquete no sin firmar antes un recibo, mismo que examinó cuidadosamente a ver si ponía mi nombre realmente o me pillaba en un renuncio.

Cuando entré en el ascensor, camino a mi oficina, solté una carcajada imaginando al tipo cada noche al llegar a su casa y preguntándose: ¿es ésta mi casa o hay otra igual? ¿será ésta mi mujer o un clon? ¡cómo puedo saberlo si no he estado en todos los pisos del edificio¡¡.

jueves, 5 de agosto de 2010

La chica de las rebajas (bloguzz)

Mi amiga T. siempre me ha llamado así, desde hace los más de 25 años que hace que nos conocemos, y lo dice por mi sentido de la oportunidad a la hora de encontrar chollos comprando. Se me da bien, especialmente las compras por internet donde me gusta comprar de a tres cuando encuentro algo que me gusta mucho (para T., para mi hermana y para mí).


Pero lo que más me gusta es que me salga gratis. Así que navegando por ahí encontré que hay empresas que te regalaban productos o servicios a cambio de que los probaras y hablaras en tu blog o en el feis sobre ello. No me digas más¡¡¡, pensé, ahí voy yo¡¡¡.

Y me apunté a bloguzz. Creo que me inscribí a todo o casi, pero el tiempo pasaba y no me seleccionaban para ninguna campaña, así que pensé que yo no les interesaría por lo que fuera y me fuí de vacaciones olvidándome del asunto.

Cuando regresé el lunes a la oficina, sobre mi escritorio, había una caja de Hero Baby con batidos, tarritos de frutas, natillas... os parecerá una tontería pero a mí me hizo ilusión, entre otras cosas porque estas cosas son una pasta que me ahorro y cuando estamos fuera de casa es de lo más práctico llevar un potito que como no necesita frío, no he de llevar el termo que ocupa un montón.

A Lola le encantan, sobre todo las natillas (que acaba de descubrir) y el batido porque acaba de aprender a sorber en pajita y le divierte mucho... si se deja algo, su padre se lo termina. Yo no puedo, desde cría he odiado la textura de los potitos, no tomo leche de vaca y las natillas no me hacen mucha gracia así que su padre se encarga de ultimar las meriendas y lo hace con gran eficacia.

N.B. para pepetenso: cariño, como se te ocurra llamarme vendida, maruja, pantoja o alguna lindeza de las tuyas, las próximas sundaycañas las vas a ingerir por un conducto por estrenar. Amenazando pero con cariño, eh?

miércoles, 4 de agosto de 2010

Un día en la playa

Casi no me acuerdo de cuando iba a la playa toda relajada y provista NADA MÁS de un capacho en el que cabía el mundo... el mundo en el que vivía hasta hace un año.

Porque ahora, queridos pececillos, cualquiera que me viera llegar se debatiría entre la carcajada y la pena. Os lo cuento en plan telegrama que me regresa la sensación de agobio: niña cargada en la cadera - toalla de padre -toalla de madre - toalla de hermano- toalla de Piolín- nevera portátil (cervezas, aguas, zumos, chocolate, sandwiches, frutas, potitos) - silla plegable que te delata definitivamente como madre y te excluye para siempre del olimpo de las tías buenas-palas - pelotas varias de tenis, pinpón, las del vecino - red de pescar tiburones y si no, me cabreo - piscina hinchable en la que me dan ganas de ahogarme- petanca en honor al abuelo- sombrilla que sólo sirve de perchero porque nadie se pone a la sombra, lo sabemos pero seguimos llevándola por cariño o algo... Y el carrito de la nena.

El carrito, lo digo para las madres primerizas, sólo sirve para trasladar todo lo anterior mientras llevas a la niña en la cadera a lo gitanilla. Lo del carrito hasta los topes y más allá de su pobre capacidad es para verlo, amigos. Yo me aferro a mi niña y parapetada tras las gafas de sol, rezo mentalmente: "por favor, que no me encuentre a nadie" porque el look pacomartínezsoria lo llevo mal, queridos... ahí me sale la pija que llevo dentro, lo reconozco.

Ahora, que una vez hinchada la piscina y llenada de agua, la Lola rebozada de arena y feliz gateando a sus anchas, puesta la sombrilla y las toallas extendidas esquivando la sombra, regado alrededor de esto las chanclas, palas, pelotas, petanca, redes y demás y ocupado aproximadamente la mitad de la playa de Toró, mientras nos miran mal los astures que nos rodean, he de confesar que es un verdadero placer abrir la nevera y tomarte una cerveza bien helada mirando el mar.

El glamour, pececillos, se quedó en el paritorio y a cambio me dieron una familia que me da tanta felicidad como una buena cerveza helada cuando el calor aprieta.

Eso sí, si algún día nos ven hagan el favor y ayuden, que la felicidad pesa un chingo¡¡

jueves, 15 de julio de 2010

de música ligera

Me pasaba horas poniendo discos. Sentada en el suelo, con pilas de vinilo repartidas por el salón agrupados en montones seleccionados para que combinaran por orden. Un disco, este corte y terminando lo que pide es este otro. Es su orden natural, lo perfecto.

Suena "Ceremony" de New Order -ya sé que es de la División Alegre, no jodais-. Me sigue pareciendo un tema flipante. Lo era hace venticinco años y es tan bueno que sobrevive con la misma oscura belleza impecable de entonces, sin que el tiempo le haga mella.

Hace venticinco años lloraba con facilidad escuchando música. En realidad creo que he sido capaz de llorar por la música hasta hace muy poco. Ahora casi no tengo tiempo. Me da cierta pena. Solo cierta porque molaba esa especie de inmersión autista que hacía en mis discos pero era algo muy personal e íntimo y me costaba mucho, muchísimo, compartirlo con nadie más. Me ponía cantar, a bailar, me disfrazaba. A veces (muchas) escuchaba el mismo tema veinte veces seguidas. Y me molestaba que alguien me interrumpiera, me hablara o me pidiera algo: no podía hacer otra cosa que atender a mi necesida de escuchar lo que quería escuchar, fuera una y otra vez durante horas el mismo disco de Bowie.

Lloraba porque me abrumaba la belleza. No es coña. Me sentía como sepultada por un alud de sonidos hermosos, tan hermosos que me herían. Como si no tuviera tiempo en lo que dura una canción a asimilarla y me desbordara, se me saliera. Y casi siempre llegaba a ese grado de éxtasis con temas que no me entraban bien a la primera. Como que lo mejor era lo más difícil. Discos que necesitaban una, dos, tres escuchadas antes de darte cuenta de lo que escondían, de que se abrieran a tí como una revelación, de caer rendido a sus pies, enamorado.

Era un rollo muy religioso. De hecho, era mi única religión.

A veces, en días como hoy, echo de menos aquellas tardes infinitas a solas con mis vinilos.

martes, 6 de julio de 2010

Yo no era así (primera parte)

No me había dado cuenta que llevaba más de un mes sin escribir... un mes¡¡... Si es que esto es un no parar... cada vez me levanto más temprano y me acuesto más tarde.

Soy como el demonio de tasmania con bebé incluído, dando vueltas y vueltas a toda velocidad ocupando el tiempo cada vez en cosas más raras.

Por ejemplo, en el herbolario de la plaza me ven más que mi madre. Me puedo tirar horas leyendo etiquetas de productos con nombres de sobrina exótica (Amaranto, Quinoa, Lecitina) y convencerme en veinte segundos que si no tomo Hierbaluisa de los Valles Secos del Himalaya todas las mañanas, moriré en menos de dos semanas. Soy así de fácil, presa del nuevo consumismo "sea usté más sano que una manzana que yo ya le voy cobrando".

Arrugo la nariz ante la visión de un bocadillo de panceta y pasar por delante de una pizzería me provoca naúseas. Viene a mí, como volando, una visión apocalíptica de mis arterias atascándose con un trozo de mozzarella y siento taquicardia de pensar en toda la lecitina que tengo que emulsionar en aceite de oliva vírgen extra primera presión en frío para mantener a raya el colesterol.

Desde que leí los estragos que causa en el organismo mezclar hidratos de carbono con proteínas, entiendo perfectamente el conflicto palestino-israelí: la culpa de todo la tienen los filetes con patatas que se zampan en uno y otro lado y los ponen locoslocos y venga tiros (o piedras, según el bando). Hay que ver lo que hace una mala digestión. Y no os dais cuenta, álmas de cántaro.

Si todos comieran más lechuga el mundo iría mejor, con lo que calma, sedante-sedante. Pero por la parte verde, la que tiene clorofila, la que amarga, vaya, porque la parte rica, la blanquita es para los finos e ignorantes que se permiten el lujo de tirar media lechuga desconociendo que lo que le va a dejar niquelado es lo que comen los burros.

Dentro de poco me veo como nutricionistas a un mapache, un borrico extremeño y un muflón pirenaico que esos, seguro, no tienen colesterol ni obesidad ni nada malo.

Pero llevar este estilo de vida, la verdad, me está quitando la ídem. Todo el santo día diseñando menús que combinen adecuadamente proteínas con vegetales con cucamonas pero no tengan ajilimójili no sea que contamine. Y vete a la compra casi diario para que sea todo fresco, y de temporada, no sea que contribuyas al cambio climático por pedir naranjas en verano. Y no lo cocines demasiado, que se pierdan las propiedades (con lo que me gusta a mí un socarrat). Si se puede comer crudo, mejor. Dije crudo, querida, no vivo, suéltale el cuello al pavo¡¡.

Ponle algas a todo. A las lentejas. A la ensalada. Al desayuno. A la maceta. A mi Lola de peineta. Ay, qué rima¡¡ Sí, pero con algas. Coño con la algas, que mi casa parece un puerto pesquero, hombreya...

Oligoelementos a tutiplén. Manganeso. Fósforo. Un día van a venir los GEOS y nos van a detener por amenaza de guerra química cuando vean lo que nos chutamos para prevenir la alergia. Oiga que soy alergica al pólen... sí, sí, eso dígaselo al juez...

¿Se imaginan?, no, ya les digo yo que no se lo pueden imaginar. Esto hay que vivirlo. Y lo malo es que va a más. Hoy mismo me hecho en facebook de un grupo que se llama "soy fan de mi salud". ¿A que no estoy completa?.

Y esto respecto a la alimentación pero cuando les cuente que hago gimnasia diario, yo no sé qué me van a hacer...

P.D.: en la foto, como podrán suponer, el mandarín y servidora de la mano compartiendo la posturica del árbol. Las mallas, conste, son de comercio justo. Lo que no es justo es mi sueldo, pero ese es otro cantar. Ale, al yoga. 

miércoles, 2 de junio de 2010

Un montado de...


Leyendo y descubriendo un nuevo blog que me parece muy divertido de Miss Wu, me recuerda una escena de hace unos días.

Oficina, 10.30am. Charlyboy y servidora se disponen a tomar un tentempié en el oscuro pub de enfrente. A mí no me gusta, tiene un nombre como de puticlub de barrio chungo, en la calle puede lucir el sol más deslumbrante que dentro siempre parece las cavernas de Pedro Botero y esa pared de espejos... en fin.

Por no hablar de las dos televisiones, una en cada extremo del local emitiendo "Saber Vivir" en una y telemadrid en la otra. Estás pidiendo un café mientras escuchas cómo se operó la "visícula" la señora de la tercera fila del público de Torrejón de Velasco o admirando una inauguración más de las de doña Espe.

Lo de los camareros es aparte. Se llevan a matar. Se la pasan discutiendo el flaco y el chaparro. Uno grita, humilla, insulta y desvaloriza y el otro reniega pero acepta. Supongo, no sé, que el agresor es el dueño y el otro ha de tener un hipotecón o antecedentes penales o algo similar que le obligue a aceptar el maltrato evidente del chaparro.

Pues allí estábamos, apostados en la barra del lado de la tele que emite descripciones profanas de operaciones a la tercera edad, cuando llega el camarero flaco:

- ¿Qué quereis?

Inciso uno: en Madrid, todo el mundo sabe que para tratar a los camareros no se dice "buenos días", "por favor" ni "gracias" o te descubres como de fuera del foro. Advertidos estais.

- Dos cafés con leche, un pincho de tortilla (1) y un montado de salmón(2).

Presto y veloz, llega camarero chaparro al sonido de "salmón" y metiéndose en la comanda del otro, interrumpiendo, me dice:

- ¿No quieres montado de ensalada de salmón?
- No, no hay de salmón ahumado?, pregunto yo.
- No, no queda, prueba la ensalada, te lo pongo, verás qué bueno.
- No, no quiero eso..
- Que sí mujer, que verás qué rico, te lo pongo...
- A ver, qué lleva eso?, (trato de darle un poco de bola).
- Pues está muy rico, te lo pongo y verás...
- Pero quiero saber qué lleva antes de que lo pongas...
- Que está muy rico, mujer¡¡¡

Aquí empieza ya a elevar la voz el camarero chaparro y maleducado y se empieza a crear cierta expectación, pero a mí estas cosas no me amedrentan, muy al contrario, saco mi batería más pesada con toda mi calma y mi mejor verborrea. Me encanta discutir a veces.

- Te he dicho que quiero saber qué lleva. Es muy simple: me gusta saber lo que como. Lo rico o no rico es subjetivo. Tú no sabes lo que me gusta a mí o no: eso lo sé yo y yo decido si es rico o no. Si no me puedes decir la composición no quiero ni probarlo. Puedo ser alérgica a un componente, confiar en tí y matarme (aquí ya me puse trágica, pero fue muy eficaz) ¿quieres un cadaver en tu local?, mira que te puedes buscar la ruina por una cosa así...

El tipo y los que estaban mirando contuvieron la respiración. Dices "cadaver" y la gente se queda congelada y con cara de pánico. Camarero chaparro como que de pronto aterrizó de su nube de gritos y recomendaciones que parecían órdenes y me leyó, sumiso, los componentes.

- No ha sido tan difícil, verdad?, y efectivamente, no, no me gusta. Por favor, la próxima vez, deja que decida yo lo rico o no que está algo.

Camarero flaco, riéndose por lo bajo, me miraba cómplice. Por dentro pensé que ojalá y le sirviera al chaparro para aprender a tratar mejor al flaco. Pero la experiencia me dice que normalmente, este tipo de gente, suele reafirmarse en sus groserías y que probablemente, arremetería con más virulencia contra él después de este incidente.

Pena, penita, pena... 

Aclaración para los de fuera:

(1) Pincho de tortilla, es una porción de tortilla de patatas que normalmente se sirve con pan.

(2) El montado es un bocadillo pequeño, de jamón, queso, salmón, etc.

jueves, 20 de mayo de 2010

Lola cero: tarima 1

Me llama María en la mañana bastante agitada, hipando y con voz temblorosa:

- La Lola se me ha caído...

Una ola de calor me ha incendiado la cara, las manos, todo el cuerpo. He brincado del asiento y me he tensado como un arco:

- ¡¡¡¿¿¿QUÉ HA PASADO??¡¡¡, ¿¿LOLA ESTÁ BIEN??

En un segundo:

- he querido matarla.
- me he arrepentido hasta el infinito de dejar a mi hija en manos de nadie que no sea yo.
- he odiado ser pobre y tener que trabajar para vivir y no poderme ocupar de mi hija personalmente
- he visto una colección de accidentes a cual más horripilante con mi hija cayendo por distintos sitios (barrancos, montañas, glaciares, balcones...)
- he respirado hondo y he decidido calmarme antes de empezar a gritar improperios sin saber el alcance del accidente.

TIC TAC TIC TAC

- Lola está jugando ahora mismo, está bien, sí -mumura María entre hipidos- pero se me ha caído y se ha hecho un chichón en la frente. Estábamos jugando en el suelo y la tenía sujeta y no sé cómo se ha lanzado al suelo y... te juro que yo la cuido como un tesoro, nunca me ha pasado nada parecido, yo...

- ¿Ha perdido el conocimiento? ¿está aturdida, somnolienta?
- No, está jugando, tan tranquila.
- Vístela y tráemela, por favor.

Cuando aparecieron por la ofi, maría estaba pálida y descompuesta y Lola riéndose a carcajadas, con un soberano chichón en la frente que mañana lucirá morado nazareno.

Tuve que consolar a María porque a Lola no hace falta: mi hija es de hierro forjado.

Eso sí, ya probó la tarima y de momento, le va ganando.

martes, 18 de mayo de 2010

Grandes mitos de la maternidad chápter trí: Ya estoy aquí, mami¡¡

Lola me despertó a patada límpia a eso de las ocho menos cuarto. Tal fué el ímpetu de la criatura que llamamos a una comadrona:

- Esto ya está -dijo ella como si se tratara de un bizcocho ya horneado- nos vamos a la sala de partos, ale, despídete...

- adiooooooooos... dije yo, medio bostezando, tratando de ponerme en situación: voy a ser madre en unos instantes¡¡, esto cambiará mi vida para siempre¡¡¡, vamos, despierta, hombre¡¡¡ (esto me lo decía yo para mis adentros porque me parecía un momento muy trascendental y yo no estaba a lo que estaba, vamos que hubiera seguido durmiendo tan pancha).

Mandarín me tomó la mano, amoroso, y me regaló la mejor de las sonrisas. Yo me deslizaba, alejándome en camilla, por los pasillos hasta la sala de partos con una calma impropia de una madre primeriza: mi madre y mi hermana, sobre todo mi hermana que lloraba a lágrima viva, estaban hechas un manojo de nervios. Mi suegra, muy discreta ella, debió de desconectar el sonotone para no volverse loca con las manifestaciones de alegre ansiedad de las de mi sangre.

Eran las ocho menos diez cuando me subían a la silla de parir. La ginecóloga me dijo:

- En cinco minutos tienes aquí a tu niña.
- No creo, respondí, yo nací a las ocho y cinco y mi hija nacerá a la misma hora.
- No, hombre, antes, antes... insistió ella.
- Veremos, dije yo.

Mandarín pegado a mi cabeza, con la cámara en ristre (sí, hay vídeo) en una mano y en la otra mi mano. Los dos tranquilísimos. La gente, la gine, comadronas, enfermeras, todos los que estaban allí corrían mucho o al menos era la impresión que yo tenía. Y yo quería que las cosas fueran más despacio, quería ser más consciente, quería disfrutar más ese momento irrepetible, pero no podía hacer nada: yo sólo era una parte del engranaje y aquello iba solo sín mí. Mi cabeza iba más lenta que los acontecimientos pero me esforcé por seguir las indicaciones que me daban.

- Empuja, empuja¡¡

Pero yo soplaba. Soplaba¡¡¡. ¿Que porqué soplaba?. Ahora voy a contar la verdad para que nos os pase lo mismo que a mí.

En las clases de preparto hay varias dedicadas a la respiración en los pujos, te enseñan a respirar para no marearte cuando estás pariendo y cómo direccionar la fuerza para el expulsivo y bla bla bla.... pues yo me lo salté. A la torera. Es más, cuando hacíamos ejercicios de respiración imitando el parto, a mí me daba la risa y hacía cualquier cosa menos lo que tenía que hacer. Aparte de hacer el gilipollas, es que nunca presté atención a lo que hay que hacer en el parto porque estaba segurísima que la madre naturaleza haría su trabajo sin tanto vídeo y tanta leche.

Y llegado el momento, SOPLÉ. Háganse cuenta que yo estaba ante la tarta de cumpleaños de la bisabuela de 98 años y tuviera que soplar las velas para ayudarle. Pues eso mero estaba haciendo. Se me quedaron viendo con cara de "estatíaestonta" pero como todo iba tan rápido, se limitaron a gritarme:

- No soples, EMPUJA, EMPUJA A RITMO DE LAS CONTRACCIONES¡¡¡ AHORA¡¡ AHORA¡¡¡

Ah, bueno, pues empujo, haberlo dicho antes¡¡¡. Empujé una, miré el reloj, las ocho y dos minutos, empujé dos ¡¡¡MÁS FUERTE, YA SALE¡¡¡ ¿LA VES? ¿LA VES?, no, no la veo... tengo una panza gigante en medio que no me deja ver, joder¡¡¡¡, empujé tres y... asomó una cabecita llena de pelo negro de la que sobresalía una nariz... sin duda, es mi hija... MI HIJA¡¡ MI LOLA¡¡¡ ¡¡QUÉ BONITA ES¡¡ MI NIÑA¡¡.

Eran las ocho y cinco. Tal como predije, mi niña nació a la misma hora que yo. Se la llevaron a lavar y Mandarín salió detrás de su retoño dando saltitos de alegría mientras me hacían los últimos arreglos (no duele nada, no te enteras de nada, la felicidad es una anestesia estupenda, y la epidural también, claro).

Cuando salí del paritorio, ahí estaban las recién estrenadas abuelas y mi hermana hecha un mar de lágrimas, la pobre, demasiada emoción. Me decía que como no me habían oído gritar ni quejarme, estaban preocupadas por mí. Y es que es cierto que no dije una palabra más alta que otra, todo lo que hablé fue en tono normal de conversación y ni un quejido, oye.

Me llevaron a la habitación. Yo sólo quería ver a Lola. Luego (dos días después) supe que mi parto no fue todo lo idílico que debía haber sido y que Lola vino con una vuelta de cordón y alguna cosilla más, y ahí estaban haciéndole unas pruebitas. Supongo, porque no lo recuerdo, que en la habitación estaba nuestra familia. No recuerdo nada.

Modo sensible on

Sólo veo en mi cabeza cuando una enfermera apareció por la puerta empujando una cuna transparente con una pelotilla peluda envuelta en una toalla. Mi pequeña... Acto seguido estaba colgada de mi pecho, mamando con soltura y hambre de meses.

La felicidad era aquello. Ese momento. Esa carita colorada y hambrienta que no me soltaba, esas manitas de juguete agarrándome con carácter como diciendo "esta mami es sólo mía" y esa extraña seguridad que aquello era mi carne y yo le pertenecía, que había un cordón umbilical que nos unía y que no habían podido cortar porque no se ve.

No sé si había más gente en el cuarto o no. No recuerdo nada más que mi pequeña bolita hambrienta mirándome, reconociéndome, haciéndome suya para siempre, estableciendo esos lazos tan cabrones de los que todas las madres hablan y tú no sabes qué coño es eso hasta que lo sientes.

Bueno, el Mandarín sí que estaba porque nos hizo un fotomontaje y se ha convertido en mi foto favorita del mundo entero. Pero yo no le recuerdo tomando fotos, ni nada de nada que no fuéramos ella y yo, juntas, unidas.  

Es lo más grande que me ha pasado. Es lo más salvaje, emocionante, natural, hermoso y puro que me ha pasado.

Y todo en tres kilos doscientos cuarenta. Hay que joderse.

Modo sensible off

miércoles, 5 de mayo de 2010

grandes mitos de la maternidad chapter tú: pariendo que es gerundio

Recuerden, pececillos que habíamos salido corriendo hacia la sala de partos...

Y literal, oigan, yo agarrándome la panza como si la Lola se fuera a escapar, correteando por los pasillos dejando un reguero como Pulgarcito pero en versión gore y el Mandarín tratando de poner calma zen, de esa que le gusta tanto.

- A ver, cariño, dije yo muy propia, que estoy tranquila... lo que pasa es que como nos pillen las limpiadoras me van a arrear un estacazo que en lugar de parto va a haber fractura de cráneo, y como que no estoy a favor, así que ... corre¡¡¡

Y corrió, vaya si corrió. Era divertido porque cualquiera que nos viera pensaría que:

a) Éramos unos padres primerizos histéricos.

b) El parto era tan inminente que el bebé asomaba una manita por debajo de la falda...

Nadie en sus cabales hubiera nunca imaginado que en realidad huía de las iras de las limpiadoras del Hospital Piiiiiii.

Llamé a la puerta de la sala de dilatación. Lo del nombre de la sala se las trae. Uno dice "sala de dilatación" y se le encogen las tripas, no?, suena a sala de torturas sadomaso. Pero allí estaba yo, con las aguas "rotas" y en algún pasillo no muy lejano alguna mujer de mediana edad armada con un mocho estaría mentando madres contra mí. No había opción razonable. Salió la matrona que ya había metido mano en mis entrañas. Empecé a sudar.

- ¿Ya? ¿Estamos listas? A ver... pasa...
- He roto aguas... murmuré yo como si hubiera roto un jarrón..

Me tumbaron en una camilla, volvieron a meterme mano hasta la garganta y ví las estrellas, el sol y la luna. Me llenaron de cables conectados a aparatos igualitos igualitos que los de medir la actividad sísmica. (A ver si ahora soy un volcán, pensé, y en lugar de niña me sale lava¡¡). Después de colocarme los cables, la matrona me explicó que los picos del registro eran las contracciones, cuánto más grande fuera el pico y más cerca los unos de los otros, más pronto llegaría el parto.

- Ah, mira... osea, que ahora estamos en la sierra del Guadarrama... cuando lleguemos a los Andes, el bicho sale, no?

La matrona me miró con pena, suspiró, y se fué. Qué gente más rara. El mandarín entró, todo sonriente. Este hombre tiene una capacidad para ser feliz en situaciones límite que me admira. Un día le voy a poner a prueba y ya veremos quién sonríe.

- ¿Cómo te encuentras?, preguntó.
- No te lo vas a creer, pero me jalaba un bocata de jamón (de jabugo, claro).
- Tratándose de tí me lo creo todo, pero esto son los nervios, cariño.

Desde que me había puesto de parto, tenía la oscura impresión de que no me tomaban en serio. El Mandarín. Las matronas. Todos. El mundo entero.¿De qué sirve ser la estrella si no te toman en serio?. Un asco, ya te digo.

Mientras, las contracciones iban en aumento. La cosa va así, más o menos. Tú estás allí, cómodamente instalada en la camilla, colocando y recolocando tu enooorme panzota y charlando con el Mandarín de turno y de pronto... rrrrrroooooooonnnnggggg... un calambrazo de 50,000 voltios por lo menos te atraviesa los riñones dejándote sin habla, sin aliento y doblándote del dolor... Mandarín te pregunta qué puede hacer y se mueve de un lado a otro...te agarras a lo primero que pillas y lo estrujas con una fuerza sobrehumana (ojito a qué nos agarramos, nenas) y contienes la respiración rezando para que pase lo más rápido posible. En el rollo de papel se dibuja una montañita.

Cuando pasa, recuperas el habla y la respiración y le dices al Mandarín que se quede quieto, que no hable porque te pones nerviosa y que se limite a agarrarte de las manos fuertemente y a empujarte los riñones con las rodillas. Sí, como lo leeis. Reiros, pero ya me contaréis si no funciona.

Cuando las contracciones eran cada tres minutos y casi no me daba tiempo a soltar ni una frase subordinada decente, mi matrona hizo aparición y se encontró al Mandarín subido en la cama de rodillas tras de mí, empujando mis riñones y yo apoyando la cabeza en la panza.. un cuadro.

- ¿Quieres la epidural ya?
- Siiiiiiiiiiii, dije yo, pensando que sería como un chute de propofol (en homenaje a Michael Jackson). Un día de estos me hago anestesista, lo juro.

Y entró el carrito de las drogas. Odio las agujas pero si me prometen un buen viaje y encima legal, me dejo pinchar. Así que les ofrecí, cual vestal, mi columna vertebral.

- No te puedes mover ni un milímetro o te podríamos dejar paralítica..
- Ay, qué divertido¡¡ dije, y qué hago con las contracciones?
- Tú verás pero no te puedes mover...
- Pues no sé si parir a pelo, hija...

Y me dió la contracción "Everest" ...coooooooñoooooooo... ¡¡Pincha¡¡ ¡¡Pinchaaaa¡¡¡¡

La anestesista clavó una aguja del calibre .70 magnum special con cánula incorporada por la que, lo juro, cabía un spaguetto. Me hicieron un "bujero" tal que había eco en mis vértebras. La anestesia no la inyectaron: la vertieron con un embudo. Sentí frío en la columna. Por dentro. Era raro. Y molaba. Creo que dije alguna estupidez tipo: me habeis echado granizado en lugar de epidural¡¡¡ o algo así.

Pero llegó la paz.

Adios dolor.

Sonreí agradecida y me quedé dormida. Sí, me quedé dormida hora y media antes de parir.

Eran las 18,30.

Continuará

miércoles, 28 de abril de 2010

grandes mitos de la maternidad chapter guan: el parto


Queridos lectores (póngase tono a lo rodríguez de lafuente):

Tribeca ha mutado y ya no es una e indivisible: ahora somos una (yo, el origen) y la Lola (casi diez kilos de carne jugosa, la consecuencia garrapatil). Como me hacía ilusión compartir noches de insomnio para no aburrirme en solitario, pues también hay un padre pero de su papel hablaremos más tarde.

Puede que haya mujeres que cuando saben que están embarazadas, ven moverse una masa informe en las ecografías y sienten en su panza las patadas que te propinan desde el interior tienen claro lo que pasa. Yo no. Yo no tenía tan claro que aquello que se presumía como una niña lo era realmente, en virtud de una colección de rayas a lo Sonia Rykiel pero en blanco y negro, por más que me lo jurara el ecógrafo de turno. Que era algo y estaba vivo, estamos de acuerdo, ahora que aquello fuera un ser humano... habría que verlo. Alien me ha hecho mucho daño. Y esos patadones eran más de cabra alpina que de dulce nenita.

Por eso, el día del parto, el señor padre de la criatura (fuera lo que fuera) iba armado con una cámara de vídeo.

- Grábalo todo, eh? todito, que quiero ver qué sale de ahí dentro. Que mira lo que pasó en "La semilla del Diablo" y a ver qué hacemos luego con toda la ropa que ha hecho mi madre, decíale yo al mandarín mientras le llenaba los bolsillos de pilas.

- Deja de meterme tanta pila y agarra tu bolsa de maternidad, suspiraba él pacientemente.

- Yo creo que con un poco de paja hacemos el avío, si ya verás que la cuna la vamos a tener que dar, con un corral vamos sobraditos¡¡¡

Total que a las siete de la mañana de un día de junio y con dos balas de heno ecológico (para que no nos demande por maltrato el bicho en camino) salíamos para el hospital.

- Ponte el cinturón de seguridad...
- En dónde? en la frente a lo rambo?, pregunté yo señalando el bombo que empujaba el salpicadero...

7:30am: urgencias.

- Hola, que vengo a parir... -yo-
- Uy, qué bien, niño o niña? -celadora simpática-
- Mmm... pasapalabra... -yo-
- ¿¿¿??? - celadora simpática-
- Las hormonas, ya sabe, que la tienen fatal fatal... -mandarín en mi ayuda-
- ¿Puedo desayunar? -yo-
- Primero hay que registrarte (si no llevo armas ni drogas¡¡) y explorarte (como a una selva ignota) y luego ya veremos.. -celadora simpática-
- Eso, ya veremos (a ver si te crees que voy a parir en ayunas), murmuré yo poniendo cara de "aquemeescapo".

8:00 sala de espera de urgencias (¿se dan cuenta de la paradoja?)
- Tengo hambre -yo-
- ¿Y no tienes contracciones? -mandarín preocupado por mi salud-
- Sí, muchas, por el hambre -obviamente, yo-

9:00 sala de espera de urgencias
- ¿Y tú, guapa, porqué vienes? -señora que viene a pasar el rato-
- Nah, que me he tragado a mi vecinito el piraña sin masticar... no le pregunto a usté porque se ve a la legua, pobre...

Y así, haciendo amigos, llegó mi ginecóloga.

- Mire, le advierto que sin desayunar yo no doy a luz...
- Tú túmbate en el potro de torturas, que vamos a ver cómo está la cosa.
- ¿Lo ves? le dije al Mandarín, hasta la doctora le llama cosa... vamos devolviendo la cuna y compra un jaula...

En la exploración, desde ya lo advierto, se siente como si te abrieran las entrañas con un serrucho de los gordos y mal afilado. Duele. Mucho.

- Uhhh... estó está muy cerrado, hay muy poca dilatación.
- Eso es por el hambre, dije yo entre quejido y grito, a mí los desayunos me dilatan que da gloria, déjeme ir y verá cómo regreso...a punto de caramelo¡¡

Total que me dejaron ir, creo que por no soportarme allí dando la tabarra por todo lo que se me ponía a tiro y es que debería haber una ley que impidiera parir sin haber tomado, cuando menos, un café. Así, no, señores, así no.

- No comas tanto, me regañaba el Mandarín, una vez asentados mi bombo y yo en la cafetería del hospital.
- ¿Y si me muero en la mesa de parto?, ¿qué quieres? ¿que me pase la eternidad hambrienta?

El Mandarín suspiró y optó por dejarme por imposible: dos cafés con leche, un croissant y un sandwich mixto después, servidora se encontraba lista para parir y obré en consecuencia: rompí aguas.

- Uy, cómo se van a poner las limpiadoras...

Porque déjenme decirles que en mi inmensa ingenuidad (y que no miraba los vídeos en las clases preparto) yo creía que "las aguas" eran límpias y cristalinas: ¿no que en los vídeos del nasionalyeografic salían los fetos nadando alegremente y se les veía nítido nítido?, pues ahora sé que es puro fotochop porque aquellas aguas eran más bien lodazal.

Salimos corriendo a la sala de partos.

Continuará...

martes, 20 de abril de 2010

cosas que odio: la zafiedad

Me resulta más fácil hablar de lo que odio que de lo que me gusta y lo encuentro más divertido porque se desata con más fluidez mi látigo verbal para solaz de algunos y azote de otros. Así me han de querer... o no.

Hace unos días, una amiga me espetó que desde que había sido madre ciertas cosas que antes me hacían gracia ahora me provocaban una muesca de asquito. Lo decía ante mi cara de "horreur" ante la expresión de un amigo común que soltó un "esa lleva las bragas chorreando" o similar que pretendía ser gracioso y debía serlo porque a mi amiga le provocó una carcajada y a mí, ya les digo, una muesca de asco y asombro. No le pillé la gracia, yo.

Le contesté a mi amiga que estaba bien equivocada en su afirmación pero no me dió tiempo a explicarme bien porque me entró una llamada y ya no pude retomar el temita.

A mí la zafiedad me pone cara de asco, soy así de mamona, qué le voy a hacer. Lo era a los quince, a los treinta y a los cuarenta. Que de mi cuerpo haya nacido un ser vivo, no me pone ni me quita lo mamona. Nunca me han hecho gracia ese tipo de expresiones vulgares y groseras, que además suelen ser bastante machistas y por más que le busco la gracia, no se la encuentro.

En el mejor de los casos, me hago la loca y como si no lo hubiera escuchado, pero en otros se me nota en la cara que me hace ruido en mis delicaditos oídos, como me molestan las faltas de ortografía, la gente que escribe con K en lugar de la c o la q, los que salpican de "jajajaja" "jijijiji" y "jejejejee" todo lo que escriben, los que en lugar de a los ojos te miran las tetas, los que escupen en la calle, los que creen que sus asuntos son muchos más importantes que los tuyos, los que hablan gritando, los que no escuchan cuando tú les hablas pero exigen que les prestes toda tu atención, los que se ponen a hablar por el móvil a voz en grito delante de todos... la lista es interminable.

Me molesta. Mucho.

Creo que la zafiedad en algunas personas sin educación es inevitable. Pero en otras, me parece un pobre recurso para tratar de hacerse el gracioso. E inútil en lo que a mí respecta (aquí ya sí que me ví muuuyyyy mamona, eh?).

A veces hay una delicada línea entre lo divertido y lo vulgar y acercarse es un ejercicio peligroso que requiere maestría, amigo, para salir bien parado. Porque uno pude arruinar su imagen forever and ever para ciertos cometidos, por ejemplo, para un eventual ligue: soltar ciertas "perlas" ahuyenta potenciales parejas. Servidora ha desestimado volver a quedar con algún ejemplar de estos ante ciertas afirmaciones de este cariz.. ejem... tan elegantes. Me rechina. Es superior a mí.

Será por eso mismo que nunca me han gustado Los Morancos, Escenas de Matrimonio y similares. A mí no me divierte ver a alguien vociferando groserías, insultos, chistes sexistas u homofóbicos, riéndose de los demás a base de ridiculizarles, ensalzando la cutrez, el feísmo, la ignorancia y el paletismo.

Queridos pececillos, no se parezcan al señor de la foto... ya tenemos bastante con uno...

jueves, 15 de abril de 2010

De los blogs (y más cosas) que consumo

Soy un ser de mente amplia, señores. Tan amplia que dentro de mí conviven personalidades que se darían de hostias en la calle, si pudieran salir y cobrar forma. Pero no les dejo, jiji, que se chinguen ahí dentro aprendiendo a ser tolerantes.

Esto es un problema y una virtud, al mismo tiempo. Problema es en tanto me recuerda mi constante dispersión, mi falta de unidad (España es una unidad de destino en lo universal... ay, la mente, cómo es, qué cositas me trae de repente, como ví ayer una foto de Franco...) y mi ligera envidia hacia esas personas que saben siempre qué hacer, qué les gusta, quiénes son y tienen todo clarísimo.

Yo hablo como si fuera así, pero es mentira las más de las veces. No es que mienta: digo la verdad en ese momento, creo en eso, me gusta eso... pero al rato puedo entrar en contradicciones y ser ciertas también. De mente amplia, ya os digo.

Aparte que tengo un poder de convicción impresionante. La gente me cree a pies juntillas y es que hago mis afirmaciones con una seguridad y un aplomo que ya lo quisiera para sí Rajoy. Y me ha pasado muchas veces que tal cual termino de soltar mi perorata como si en ello me fuera la vida, me doy cuenta que lo que quería decir era todo lo contrario pero ya ni modo, pues. Ya lo dije y ya me creyeron pues a apechugar, guapa. Al tiempo voy soltando otro rollo contradictorio y así vamos tirando.

Toda mi vida he sido un cúmulo de intereses distintos y hasta contrapuestos, incapaz de llevar una dirección recta y enfocar mi atención y tiempo en algo constructivo, ahí voy acumulando datos absurdos, informaciones bizarras y perdederas de tiempo que a mí, señores, me encantan.

Y así, en mis lecturas diarias y blogs que visito, mezclo sin rubor webs de galletas decoradas, recetarios de los que he sacado mi última sopa favorita, gafas de sol trendy, ropa super chula que venden en los yunaites (pero que es importada y yo soy tan gil que la compro), los últimos casos enviado a la página sobre psicopatía del Dr. Marietán, los relatos sin puntuación de narcocultura, qué ha pasado en mi rancho, los escalofriantes perfiles de asesinos seriales, novedades de bonito diseño, cosas para Lola y más, escucho buena música, me muero de risa con éste y con doscientos más que ya no enlazo más que me aburro.

¿Para qué sirve que me sepa casi todas las biografías de asesinos seriales? ni idea, pero me gusta conocerlas (y eso que luego tengo pesadillas). ¿Para qué sirven los muñequitos de plástico, las veladoras, las fotos de santos y hasta capsulitas de agua bendita que tengo por las estanterías? ahí sí sé: para que los ácaros hagan su nido y María se acuerde de toda mi familia cuando las límpia. ¿Para qué sirve tener unos siete pares de zapatos de taconazo sin estrenar? Para ocupar espacio innecesariamente, para calmar mi conciencia si me invitan a Casa Real y poder competir con la Leti (aunque soy bastante más alta que ella) y para que los herede mi hija, a este paso.

En fin, puedo estar horas ilustrando con ejemplos de lo absurdo de mis acopios y de mis lecturas y no terminar porque me sorprendo hasta a mí misma y me encanta descubrirme nuevas joyas cada día, como estas interpretaciones de Alicia tan maravillosas.

¿Puedo esperar, amables lectores, vuestras aportaciones?, sorpréndanme, pececillos...

martes, 13 de abril de 2010

En la lucha (hoy: el ejercicio no es para mí pero ha de serlo, por mis muertos)

En mi nueva vida sana los cambios se dan con una lentitud que a mí me gustaría pensar que es para que la cosa asiente mejor, pero me temo (los cuarenta además de arrugas traen una escalofriante sinceridad contigo misma) que es porque me aferro como lapa a mi antigua vida de excesos.

Y es que no me gusta madrugar. No me gusta. No me gustaaaaaaa... por más que diga que lo hago feliz y encantada al ser despertada por mi pequeña pelotilla gorgojeante, sí, lo hago feliz porque no me queda de otra.

Ya que me toca, pues hagámoslo bien y sonriamos. Pero la prueba de que no me gusta es que por más que me pongo el despertador media hora antes, cuando suena, lo cambio racaneando minutos para permanecer en la cama.

Y todo porque se me ha metido en la cabeza hacer una tabla de pilates al levantarme. Se me ha metido en la cabeza pero esquivando el área de la voluntad, de la que siempre anduve escasita. No hay manera. Lo pienso, lo repienso, me mentalizo, me lo repito como mantra varias veces al día, me acuesto rezando a san judas tadeo y a las siete me arrepiento. Todos los días igual. Tengo que cambiar de táctica.

Así llevo un mes (o más, no quiero ni mirarlo) sin ir al gimnasio. No muevo una pata como no sea estrictamente necesario y voy aplazando el bajar a la calle y recorrer los escasos doscientos metros que distan de mi casa al centro de torturas metrosexual al que he pagado una cuota anual. Siempre tengo una excusa buenísima: he pillado la gripe asiática pero no se me nota porque soy buena actriz;  no quedan cebollas y si no voy ahora a comprarlas se arruinará la cena y será un drama total; me ha atacado un perro rabioso justo cuando venía del trabajo pensando en ir al gim; la chica de recepción me tiene envidia y me tira bolitas de pan cuando estoy en la bici y pierdo el equilibrio... así no se puede...

Necesito incorporar el ejercicio a mi vida diaria como el aire que respiro y ayudar así a perder los quince malditos kilos que me separan de ser la madre más tíabuena de todo Malasaña.

De verdad, estoy aburrida de mí misma, se acerca el verano peligrosamente y tengo un bikini nuevo que no admite errores y yo los colecciono¡¡¡

Me voy a comprar unos shape-ups y voy a ir a currar con ellos, a la compra, al gimnasio y hasta voy a ducharme con ellos a ver si funcionan. Hay algún entrenador personal en la sala con muuuuucha paciencia y a prueba de sobornos (a los que soy dada, eso sí, sin querer, pero me salen, oiga) que necesite comprobar sus métodos dizque infalibles?. Les aseguro que si consiguen enderezarme, les heredo mis bienes raíces (los manzanos de mi abuela Lisi, vaya).

Ayúdenme, amables lectores, en esta cruzada contra mi propia pereza a la que tengo un cariño desproporcionado. ¿Qué puede hacer para convertirme en la Nadia Comanenci de la segunda edad?

Espero ansiosa sus consejos, pececillos...

jueves, 8 de abril de 2010

Atónita, oiga