miércoles, 2 de junio de 2010

Un montado de...


Leyendo y descubriendo un nuevo blog que me parece muy divertido de Miss Wu, me recuerda una escena de hace unos días.

Oficina, 10.30am. Charlyboy y servidora se disponen a tomar un tentempié en el oscuro pub de enfrente. A mí no me gusta, tiene un nombre como de puticlub de barrio chungo, en la calle puede lucir el sol más deslumbrante que dentro siempre parece las cavernas de Pedro Botero y esa pared de espejos... en fin.

Por no hablar de las dos televisiones, una en cada extremo del local emitiendo "Saber Vivir" en una y telemadrid en la otra. Estás pidiendo un café mientras escuchas cómo se operó la "visícula" la señora de la tercera fila del público de Torrejón de Velasco o admirando una inauguración más de las de doña Espe.

Lo de los camareros es aparte. Se llevan a matar. Se la pasan discutiendo el flaco y el chaparro. Uno grita, humilla, insulta y desvaloriza y el otro reniega pero acepta. Supongo, no sé, que el agresor es el dueño y el otro ha de tener un hipotecón o antecedentes penales o algo similar que le obligue a aceptar el maltrato evidente del chaparro.

Pues allí estábamos, apostados en la barra del lado de la tele que emite descripciones profanas de operaciones a la tercera edad, cuando llega el camarero flaco:

- ¿Qué quereis?

Inciso uno: en Madrid, todo el mundo sabe que para tratar a los camareros no se dice "buenos días", "por favor" ni "gracias" o te descubres como de fuera del foro. Advertidos estais.

- Dos cafés con leche, un pincho de tortilla (1) y un montado de salmón(2).

Presto y veloz, llega camarero chaparro al sonido de "salmón" y metiéndose en la comanda del otro, interrumpiendo, me dice:

- ¿No quieres montado de ensalada de salmón?
- No, no hay de salmón ahumado?, pregunto yo.
- No, no queda, prueba la ensalada, te lo pongo, verás qué bueno.
- No, no quiero eso..
- Que sí mujer, que verás qué rico, te lo pongo...
- A ver, qué lleva eso?, (trato de darle un poco de bola).
- Pues está muy rico, te lo pongo y verás...
- Pero quiero saber qué lleva antes de que lo pongas...
- Que está muy rico, mujer¡¡¡

Aquí empieza ya a elevar la voz el camarero chaparro y maleducado y se empieza a crear cierta expectación, pero a mí estas cosas no me amedrentan, muy al contrario, saco mi batería más pesada con toda mi calma y mi mejor verborrea. Me encanta discutir a veces.

- Te he dicho que quiero saber qué lleva. Es muy simple: me gusta saber lo que como. Lo rico o no rico es subjetivo. Tú no sabes lo que me gusta a mí o no: eso lo sé yo y yo decido si es rico o no. Si no me puedes decir la composición no quiero ni probarlo. Puedo ser alérgica a un componente, confiar en tí y matarme (aquí ya me puse trágica, pero fue muy eficaz) ¿quieres un cadaver en tu local?, mira que te puedes buscar la ruina por una cosa así...

El tipo y los que estaban mirando contuvieron la respiración. Dices "cadaver" y la gente se queda congelada y con cara de pánico. Camarero chaparro como que de pronto aterrizó de su nube de gritos y recomendaciones que parecían órdenes y me leyó, sumiso, los componentes.

- No ha sido tan difícil, verdad?, y efectivamente, no, no me gusta. Por favor, la próxima vez, deja que decida yo lo rico o no que está algo.

Camarero flaco, riéndose por lo bajo, me miraba cómplice. Por dentro pensé que ojalá y le sirviera al chaparro para aprender a tratar mejor al flaco. Pero la experiencia me dice que normalmente, este tipo de gente, suele reafirmarse en sus groserías y que probablemente, arremetería con más virulencia contra él después de este incidente.

Pena, penita, pena... 

Aclaración para los de fuera:

(1) Pincho de tortilla, es una porción de tortilla de patatas que normalmente se sirve con pan.

(2) El montado es un bocadillo pequeño, de jamón, queso, salmón, etc.

jueves, 20 de mayo de 2010

Lola cero: tarima 1

Me llama María en la mañana bastante agitada, hipando y con voz temblorosa:

- La Lola se me ha caído...

Una ola de calor me ha incendiado la cara, las manos, todo el cuerpo. He brincado del asiento y me he tensado como un arco:

- ¡¡¡¿¿¿QUÉ HA PASADO??¡¡¡, ¿¿LOLA ESTÁ BIEN??

En un segundo:

- he querido matarla.
- me he arrepentido hasta el infinito de dejar a mi hija en manos de nadie que no sea yo.
- he odiado ser pobre y tener que trabajar para vivir y no poderme ocupar de mi hija personalmente
- he visto una colección de accidentes a cual más horripilante con mi hija cayendo por distintos sitios (barrancos, montañas, glaciares, balcones...)
- he respirado hondo y he decidido calmarme antes de empezar a gritar improperios sin saber el alcance del accidente.

TIC TAC TIC TAC

- Lola está jugando ahora mismo, está bien, sí -mumura María entre hipidos- pero se me ha caído y se ha hecho un chichón en la frente. Estábamos jugando en el suelo y la tenía sujeta y no sé cómo se ha lanzado al suelo y... te juro que yo la cuido como un tesoro, nunca me ha pasado nada parecido, yo...

- ¿Ha perdido el conocimiento? ¿está aturdida, somnolienta?
- No, está jugando, tan tranquila.
- Vístela y tráemela, por favor.

Cuando aparecieron por la ofi, maría estaba pálida y descompuesta y Lola riéndose a carcajadas, con un soberano chichón en la frente que mañana lucirá morado nazareno.

Tuve que consolar a María porque a Lola no hace falta: mi hija es de hierro forjado.

Eso sí, ya probó la tarima y de momento, le va ganando.

martes, 18 de mayo de 2010

Grandes mitos de la maternidad chápter trí: Ya estoy aquí, mami¡¡

Lola me despertó a patada límpia a eso de las ocho menos cuarto. Tal fué el ímpetu de la criatura que llamamos a una comadrona:

- Esto ya está -dijo ella como si se tratara de un bizcocho ya horneado- nos vamos a la sala de partos, ale, despídete...

- adiooooooooos... dije yo, medio bostezando, tratando de ponerme en situación: voy a ser madre en unos instantes¡¡, esto cambiará mi vida para siempre¡¡¡, vamos, despierta, hombre¡¡¡ (esto me lo decía yo para mis adentros porque me parecía un momento muy trascendental y yo no estaba a lo que estaba, vamos que hubiera seguido durmiendo tan pancha).

Mandarín me tomó la mano, amoroso, y me regaló la mejor de las sonrisas. Yo me deslizaba, alejándome en camilla, por los pasillos hasta la sala de partos con una calma impropia de una madre primeriza: mi madre y mi hermana, sobre todo mi hermana que lloraba a lágrima viva, estaban hechas un manojo de nervios. Mi suegra, muy discreta ella, debió de desconectar el sonotone para no volverse loca con las manifestaciones de alegre ansiedad de las de mi sangre.

Eran las ocho menos diez cuando me subían a la silla de parir. La ginecóloga me dijo:

- En cinco minutos tienes aquí a tu niña.
- No creo, respondí, yo nací a las ocho y cinco y mi hija nacerá a la misma hora.
- No, hombre, antes, antes... insistió ella.
- Veremos, dije yo.

Mandarín pegado a mi cabeza, con la cámara en ristre (sí, hay vídeo) en una mano y en la otra mi mano. Los dos tranquilísimos. La gente, la gine, comadronas, enfermeras, todos los que estaban allí corrían mucho o al menos era la impresión que yo tenía. Y yo quería que las cosas fueran más despacio, quería ser más consciente, quería disfrutar más ese momento irrepetible, pero no podía hacer nada: yo sólo era una parte del engranaje y aquello iba solo sín mí. Mi cabeza iba más lenta que los acontecimientos pero me esforcé por seguir las indicaciones que me daban.

- Empuja, empuja¡¡

Pero yo soplaba. Soplaba¡¡¡. ¿Que porqué soplaba?. Ahora voy a contar la verdad para que nos os pase lo mismo que a mí.

En las clases de preparto hay varias dedicadas a la respiración en los pujos, te enseñan a respirar para no marearte cuando estás pariendo y cómo direccionar la fuerza para el expulsivo y bla bla bla.... pues yo me lo salté. A la torera. Es más, cuando hacíamos ejercicios de respiración imitando el parto, a mí me daba la risa y hacía cualquier cosa menos lo que tenía que hacer. Aparte de hacer el gilipollas, es que nunca presté atención a lo que hay que hacer en el parto porque estaba segurísima que la madre naturaleza haría su trabajo sin tanto vídeo y tanta leche.

Y llegado el momento, SOPLÉ. Háganse cuenta que yo estaba ante la tarta de cumpleaños de la bisabuela de 98 años y tuviera que soplar las velas para ayudarle. Pues eso mero estaba haciendo. Se me quedaron viendo con cara de "estatíaestonta" pero como todo iba tan rápido, se limitaron a gritarme:

- No soples, EMPUJA, EMPUJA A RITMO DE LAS CONTRACCIONES¡¡¡ AHORA¡¡ AHORA¡¡¡

Ah, bueno, pues empujo, haberlo dicho antes¡¡¡. Empujé una, miré el reloj, las ocho y dos minutos, empujé dos ¡¡¡MÁS FUERTE, YA SALE¡¡¡ ¿LA VES? ¿LA VES?, no, no la veo... tengo una panza gigante en medio que no me deja ver, joder¡¡¡¡, empujé tres y... asomó una cabecita llena de pelo negro de la que sobresalía una nariz... sin duda, es mi hija... MI HIJA¡¡ MI LOLA¡¡¡ ¡¡QUÉ BONITA ES¡¡ MI NIÑA¡¡.

Eran las ocho y cinco. Tal como predije, mi niña nació a la misma hora que yo. Se la llevaron a lavar y Mandarín salió detrás de su retoño dando saltitos de alegría mientras me hacían los últimos arreglos (no duele nada, no te enteras de nada, la felicidad es una anestesia estupenda, y la epidural también, claro).

Cuando salí del paritorio, ahí estaban las recién estrenadas abuelas y mi hermana hecha un mar de lágrimas, la pobre, demasiada emoción. Me decía que como no me habían oído gritar ni quejarme, estaban preocupadas por mí. Y es que es cierto que no dije una palabra más alta que otra, todo lo que hablé fue en tono normal de conversación y ni un quejido, oye.

Me llevaron a la habitación. Yo sólo quería ver a Lola. Luego (dos días después) supe que mi parto no fue todo lo idílico que debía haber sido y que Lola vino con una vuelta de cordón y alguna cosilla más, y ahí estaban haciéndole unas pruebitas. Supongo, porque no lo recuerdo, que en la habitación estaba nuestra familia. No recuerdo nada.

Modo sensible on

Sólo veo en mi cabeza cuando una enfermera apareció por la puerta empujando una cuna transparente con una pelotilla peluda envuelta en una toalla. Mi pequeña... Acto seguido estaba colgada de mi pecho, mamando con soltura y hambre de meses.

La felicidad era aquello. Ese momento. Esa carita colorada y hambrienta que no me soltaba, esas manitas de juguete agarrándome con carácter como diciendo "esta mami es sólo mía" y esa extraña seguridad que aquello era mi carne y yo le pertenecía, que había un cordón umbilical que nos unía y que no habían podido cortar porque no se ve.

No sé si había más gente en el cuarto o no. No recuerdo nada más que mi pequeña bolita hambrienta mirándome, reconociéndome, haciéndome suya para siempre, estableciendo esos lazos tan cabrones de los que todas las madres hablan y tú no sabes qué coño es eso hasta que lo sientes.

Bueno, el Mandarín sí que estaba porque nos hizo un fotomontaje y se ha convertido en mi foto favorita del mundo entero. Pero yo no le recuerdo tomando fotos, ni nada de nada que no fuéramos ella y yo, juntas, unidas.  

Es lo más grande que me ha pasado. Es lo más salvaje, emocionante, natural, hermoso y puro que me ha pasado.

Y todo en tres kilos doscientos cuarenta. Hay que joderse.

Modo sensible off

miércoles, 5 de mayo de 2010

grandes mitos de la maternidad chapter tú: pariendo que es gerundio

Recuerden, pececillos que habíamos salido corriendo hacia la sala de partos...

Y literal, oigan, yo agarrándome la panza como si la Lola se fuera a escapar, correteando por los pasillos dejando un reguero como Pulgarcito pero en versión gore y el Mandarín tratando de poner calma zen, de esa que le gusta tanto.

- A ver, cariño, dije yo muy propia, que estoy tranquila... lo que pasa es que como nos pillen las limpiadoras me van a arrear un estacazo que en lugar de parto va a haber fractura de cráneo, y como que no estoy a favor, así que ... corre¡¡¡

Y corrió, vaya si corrió. Era divertido porque cualquiera que nos viera pensaría que:

a) Éramos unos padres primerizos histéricos.

b) El parto era tan inminente que el bebé asomaba una manita por debajo de la falda...

Nadie en sus cabales hubiera nunca imaginado que en realidad huía de las iras de las limpiadoras del Hospital Piiiiiii.

Llamé a la puerta de la sala de dilatación. Lo del nombre de la sala se las trae. Uno dice "sala de dilatación" y se le encogen las tripas, no?, suena a sala de torturas sadomaso. Pero allí estaba yo, con las aguas "rotas" y en algún pasillo no muy lejano alguna mujer de mediana edad armada con un mocho estaría mentando madres contra mí. No había opción razonable. Salió la matrona que ya había metido mano en mis entrañas. Empecé a sudar.

- ¿Ya? ¿Estamos listas? A ver... pasa...
- He roto aguas... murmuré yo como si hubiera roto un jarrón..

Me tumbaron en una camilla, volvieron a meterme mano hasta la garganta y ví las estrellas, el sol y la luna. Me llenaron de cables conectados a aparatos igualitos igualitos que los de medir la actividad sísmica. (A ver si ahora soy un volcán, pensé, y en lugar de niña me sale lava¡¡). Después de colocarme los cables, la matrona me explicó que los picos del registro eran las contracciones, cuánto más grande fuera el pico y más cerca los unos de los otros, más pronto llegaría el parto.

- Ah, mira... osea, que ahora estamos en la sierra del Guadarrama... cuando lleguemos a los Andes, el bicho sale, no?

La matrona me miró con pena, suspiró, y se fué. Qué gente más rara. El mandarín entró, todo sonriente. Este hombre tiene una capacidad para ser feliz en situaciones límite que me admira. Un día le voy a poner a prueba y ya veremos quién sonríe.

- ¿Cómo te encuentras?, preguntó.
- No te lo vas a creer, pero me jalaba un bocata de jamón (de jabugo, claro).
- Tratándose de tí me lo creo todo, pero esto son los nervios, cariño.

Desde que me había puesto de parto, tenía la oscura impresión de que no me tomaban en serio. El Mandarín. Las matronas. Todos. El mundo entero.¿De qué sirve ser la estrella si no te toman en serio?. Un asco, ya te digo.

Mientras, las contracciones iban en aumento. La cosa va así, más o menos. Tú estás allí, cómodamente instalada en la camilla, colocando y recolocando tu enooorme panzota y charlando con el Mandarín de turno y de pronto... rrrrrroooooooonnnnggggg... un calambrazo de 50,000 voltios por lo menos te atraviesa los riñones dejándote sin habla, sin aliento y doblándote del dolor... Mandarín te pregunta qué puede hacer y se mueve de un lado a otro...te agarras a lo primero que pillas y lo estrujas con una fuerza sobrehumana (ojito a qué nos agarramos, nenas) y contienes la respiración rezando para que pase lo más rápido posible. En el rollo de papel se dibuja una montañita.

Cuando pasa, recuperas el habla y la respiración y le dices al Mandarín que se quede quieto, que no hable porque te pones nerviosa y que se limite a agarrarte de las manos fuertemente y a empujarte los riñones con las rodillas. Sí, como lo leeis. Reiros, pero ya me contaréis si no funciona.

Cuando las contracciones eran cada tres minutos y casi no me daba tiempo a soltar ni una frase subordinada decente, mi matrona hizo aparición y se encontró al Mandarín subido en la cama de rodillas tras de mí, empujando mis riñones y yo apoyando la cabeza en la panza.. un cuadro.

- ¿Quieres la epidural ya?
- Siiiiiiiiiiii, dije yo, pensando que sería como un chute de propofol (en homenaje a Michael Jackson). Un día de estos me hago anestesista, lo juro.

Y entró el carrito de las drogas. Odio las agujas pero si me prometen un buen viaje y encima legal, me dejo pinchar. Así que les ofrecí, cual vestal, mi columna vertebral.

- No te puedes mover ni un milímetro o te podríamos dejar paralítica..
- Ay, qué divertido¡¡ dije, y qué hago con las contracciones?
- Tú verás pero no te puedes mover...
- Pues no sé si parir a pelo, hija...

Y me dió la contracción "Everest" ...coooooooñoooooooo... ¡¡Pincha¡¡ ¡¡Pinchaaaa¡¡¡¡

La anestesista clavó una aguja del calibre .70 magnum special con cánula incorporada por la que, lo juro, cabía un spaguetto. Me hicieron un "bujero" tal que había eco en mis vértebras. La anestesia no la inyectaron: la vertieron con un embudo. Sentí frío en la columna. Por dentro. Era raro. Y molaba. Creo que dije alguna estupidez tipo: me habeis echado granizado en lugar de epidural¡¡¡ o algo así.

Pero llegó la paz.

Adios dolor.

Sonreí agradecida y me quedé dormida. Sí, me quedé dormida hora y media antes de parir.

Eran las 18,30.

Continuará

miércoles, 28 de abril de 2010

grandes mitos de la maternidad chapter guan: el parto


Queridos lectores (póngase tono a lo rodríguez de lafuente):

Tribeca ha mutado y ya no es una e indivisible: ahora somos una (yo, el origen) y la Lola (casi diez kilos de carne jugosa, la consecuencia garrapatil). Como me hacía ilusión compartir noches de insomnio para no aburrirme en solitario, pues también hay un padre pero de su papel hablaremos más tarde.

Puede que haya mujeres que cuando saben que están embarazadas, ven moverse una masa informe en las ecografías y sienten en su panza las patadas que te propinan desde el interior tienen claro lo que pasa. Yo no. Yo no tenía tan claro que aquello que se presumía como una niña lo era realmente, en virtud de una colección de rayas a lo Sonia Rykiel pero en blanco y negro, por más que me lo jurara el ecógrafo de turno. Que era algo y estaba vivo, estamos de acuerdo, ahora que aquello fuera un ser humano... habría que verlo. Alien me ha hecho mucho daño. Y esos patadones eran más de cabra alpina que de dulce nenita.

Por eso, el día del parto, el señor padre de la criatura (fuera lo que fuera) iba armado con una cámara de vídeo.

- Grábalo todo, eh? todito, que quiero ver qué sale de ahí dentro. Que mira lo que pasó en "La semilla del Diablo" y a ver qué hacemos luego con toda la ropa que ha hecho mi madre, decíale yo al mandarín mientras le llenaba los bolsillos de pilas.

- Deja de meterme tanta pila y agarra tu bolsa de maternidad, suspiraba él pacientemente.

- Yo creo que con un poco de paja hacemos el avío, si ya verás que la cuna la vamos a tener que dar, con un corral vamos sobraditos¡¡¡

Total que a las siete de la mañana de un día de junio y con dos balas de heno ecológico (para que no nos demande por maltrato el bicho en camino) salíamos para el hospital.

- Ponte el cinturón de seguridad...
- En dónde? en la frente a lo rambo?, pregunté yo señalando el bombo que empujaba el salpicadero...

7:30am: urgencias.

- Hola, que vengo a parir... -yo-
- Uy, qué bien, niño o niña? -celadora simpática-
- Mmm... pasapalabra... -yo-
- ¿¿¿??? - celadora simpática-
- Las hormonas, ya sabe, que la tienen fatal fatal... -mandarín en mi ayuda-
- ¿Puedo desayunar? -yo-
- Primero hay que registrarte (si no llevo armas ni drogas¡¡) y explorarte (como a una selva ignota) y luego ya veremos.. -celadora simpática-
- Eso, ya veremos (a ver si te crees que voy a parir en ayunas), murmuré yo poniendo cara de "aquemeescapo".

8:00 sala de espera de urgencias (¿se dan cuenta de la paradoja?)
- Tengo hambre -yo-
- ¿Y no tienes contracciones? -mandarín preocupado por mi salud-
- Sí, muchas, por el hambre -obviamente, yo-

9:00 sala de espera de urgencias
- ¿Y tú, guapa, porqué vienes? -señora que viene a pasar el rato-
- Nah, que me he tragado a mi vecinito el piraña sin masticar... no le pregunto a usté porque se ve a la legua, pobre...

Y así, haciendo amigos, llegó mi ginecóloga.

- Mire, le advierto que sin desayunar yo no doy a luz...
- Tú túmbate en el potro de torturas, que vamos a ver cómo está la cosa.
- ¿Lo ves? le dije al Mandarín, hasta la doctora le llama cosa... vamos devolviendo la cuna y compra un jaula...

En la exploración, desde ya lo advierto, se siente como si te abrieran las entrañas con un serrucho de los gordos y mal afilado. Duele. Mucho.

- Uhhh... estó está muy cerrado, hay muy poca dilatación.
- Eso es por el hambre, dije yo entre quejido y grito, a mí los desayunos me dilatan que da gloria, déjeme ir y verá cómo regreso...a punto de caramelo¡¡

Total que me dejaron ir, creo que por no soportarme allí dando la tabarra por todo lo que se me ponía a tiro y es que debería haber una ley que impidiera parir sin haber tomado, cuando menos, un café. Así, no, señores, así no.

- No comas tanto, me regañaba el Mandarín, una vez asentados mi bombo y yo en la cafetería del hospital.
- ¿Y si me muero en la mesa de parto?, ¿qué quieres? ¿que me pase la eternidad hambrienta?

El Mandarín suspiró y optó por dejarme por imposible: dos cafés con leche, un croissant y un sandwich mixto después, servidora se encontraba lista para parir y obré en consecuencia: rompí aguas.

- Uy, cómo se van a poner las limpiadoras...

Porque déjenme decirles que en mi inmensa ingenuidad (y que no miraba los vídeos en las clases preparto) yo creía que "las aguas" eran límpias y cristalinas: ¿no que en los vídeos del nasionalyeografic salían los fetos nadando alegremente y se les veía nítido nítido?, pues ahora sé que es puro fotochop porque aquellas aguas eran más bien lodazal.

Salimos corriendo a la sala de partos.

Continuará...

martes, 20 de abril de 2010

cosas que odio: la zafiedad

Me resulta más fácil hablar de lo que odio que de lo que me gusta y lo encuentro más divertido porque se desata con más fluidez mi látigo verbal para solaz de algunos y azote de otros. Así me han de querer... o no.

Hace unos días, una amiga me espetó que desde que había sido madre ciertas cosas que antes me hacían gracia ahora me provocaban una muesca de asquito. Lo decía ante mi cara de "horreur" ante la expresión de un amigo común que soltó un "esa lleva las bragas chorreando" o similar que pretendía ser gracioso y debía serlo porque a mi amiga le provocó una carcajada y a mí, ya les digo, una muesca de asco y asombro. No le pillé la gracia, yo.

Le contesté a mi amiga que estaba bien equivocada en su afirmación pero no me dió tiempo a explicarme bien porque me entró una llamada y ya no pude retomar el temita.

A mí la zafiedad me pone cara de asco, soy así de mamona, qué le voy a hacer. Lo era a los quince, a los treinta y a los cuarenta. Que de mi cuerpo haya nacido un ser vivo, no me pone ni me quita lo mamona. Nunca me han hecho gracia ese tipo de expresiones vulgares y groseras, que además suelen ser bastante machistas y por más que le busco la gracia, no se la encuentro.

En el mejor de los casos, me hago la loca y como si no lo hubiera escuchado, pero en otros se me nota en la cara que me hace ruido en mis delicaditos oídos, como me molestan las faltas de ortografía, la gente que escribe con K en lugar de la c o la q, los que salpican de "jajajaja" "jijijiji" y "jejejejee" todo lo que escriben, los que en lugar de a los ojos te miran las tetas, los que escupen en la calle, los que creen que sus asuntos son muchos más importantes que los tuyos, los que hablan gritando, los que no escuchan cuando tú les hablas pero exigen que les prestes toda tu atención, los que se ponen a hablar por el móvil a voz en grito delante de todos... la lista es interminable.

Me molesta. Mucho.

Creo que la zafiedad en algunas personas sin educación es inevitable. Pero en otras, me parece un pobre recurso para tratar de hacerse el gracioso. E inútil en lo que a mí respecta (aquí ya sí que me ví muuuyyyy mamona, eh?).

A veces hay una delicada línea entre lo divertido y lo vulgar y acercarse es un ejercicio peligroso que requiere maestría, amigo, para salir bien parado. Porque uno pude arruinar su imagen forever and ever para ciertos cometidos, por ejemplo, para un eventual ligue: soltar ciertas "perlas" ahuyenta potenciales parejas. Servidora ha desestimado volver a quedar con algún ejemplar de estos ante ciertas afirmaciones de este cariz.. ejem... tan elegantes. Me rechina. Es superior a mí.

Será por eso mismo que nunca me han gustado Los Morancos, Escenas de Matrimonio y similares. A mí no me divierte ver a alguien vociferando groserías, insultos, chistes sexistas u homofóbicos, riéndose de los demás a base de ridiculizarles, ensalzando la cutrez, el feísmo, la ignorancia y el paletismo.

Queridos pececillos, no se parezcan al señor de la foto... ya tenemos bastante con uno...

jueves, 15 de abril de 2010

De los blogs (y más cosas) que consumo

Soy un ser de mente amplia, señores. Tan amplia que dentro de mí conviven personalidades que se darían de hostias en la calle, si pudieran salir y cobrar forma. Pero no les dejo, jiji, que se chinguen ahí dentro aprendiendo a ser tolerantes.

Esto es un problema y una virtud, al mismo tiempo. Problema es en tanto me recuerda mi constante dispersión, mi falta de unidad (España es una unidad de destino en lo universal... ay, la mente, cómo es, qué cositas me trae de repente, como ví ayer una foto de Franco...) y mi ligera envidia hacia esas personas que saben siempre qué hacer, qué les gusta, quiénes son y tienen todo clarísimo.

Yo hablo como si fuera así, pero es mentira las más de las veces. No es que mienta: digo la verdad en ese momento, creo en eso, me gusta eso... pero al rato puedo entrar en contradicciones y ser ciertas también. De mente amplia, ya os digo.

Aparte que tengo un poder de convicción impresionante. La gente me cree a pies juntillas y es que hago mis afirmaciones con una seguridad y un aplomo que ya lo quisiera para sí Rajoy. Y me ha pasado muchas veces que tal cual termino de soltar mi perorata como si en ello me fuera la vida, me doy cuenta que lo que quería decir era todo lo contrario pero ya ni modo, pues. Ya lo dije y ya me creyeron pues a apechugar, guapa. Al tiempo voy soltando otro rollo contradictorio y así vamos tirando.

Toda mi vida he sido un cúmulo de intereses distintos y hasta contrapuestos, incapaz de llevar una dirección recta y enfocar mi atención y tiempo en algo constructivo, ahí voy acumulando datos absurdos, informaciones bizarras y perdederas de tiempo que a mí, señores, me encantan.

Y así, en mis lecturas diarias y blogs que visito, mezclo sin rubor webs de galletas decoradas, recetarios de los que he sacado mi última sopa favorita, gafas de sol trendy, ropa super chula que venden en los yunaites (pero que es importada y yo soy tan gil que la compro), los últimos casos enviado a la página sobre psicopatía del Dr. Marietán, los relatos sin puntuación de narcocultura, qué ha pasado en mi rancho, los escalofriantes perfiles de asesinos seriales, novedades de bonito diseño, cosas para Lola y más, escucho buena música, me muero de risa con éste y con doscientos más que ya no enlazo más que me aburro.

¿Para qué sirve que me sepa casi todas las biografías de asesinos seriales? ni idea, pero me gusta conocerlas (y eso que luego tengo pesadillas). ¿Para qué sirven los muñequitos de plástico, las veladoras, las fotos de santos y hasta capsulitas de agua bendita que tengo por las estanterías? ahí sí sé: para que los ácaros hagan su nido y María se acuerde de toda mi familia cuando las límpia. ¿Para qué sirve tener unos siete pares de zapatos de taconazo sin estrenar? Para ocupar espacio innecesariamente, para calmar mi conciencia si me invitan a Casa Real y poder competir con la Leti (aunque soy bastante más alta que ella) y para que los herede mi hija, a este paso.

En fin, puedo estar horas ilustrando con ejemplos de lo absurdo de mis acopios y de mis lecturas y no terminar porque me sorprendo hasta a mí misma y me encanta descubrirme nuevas joyas cada día, como estas interpretaciones de Alicia tan maravillosas.

¿Puedo esperar, amables lectores, vuestras aportaciones?, sorpréndanme, pececillos...