martes, 16 de marzo de 2010

De Fobias

Tengo tantísimas fobias que podría ser catalogada como una perfecta insoportable. Supongo que para algunas personas en determinados momentos lo soy y para otras lo soy todo el tiempo. Sé que tengo la discutible cualidad de despertar un odio furibundo hacia mi persona ante las perlitas que veces suelto por esa boquita mía que en ocasiones valdría oro si supiera callar. Pero no, no callo.

Y es que hay momentos que si no hablo, creo que voy a morir fulminada o algo así y no me mido. Normalmente, brinco ante una declaración o acción del otro que enciende la llama del "oh, no, horror¡¡¡", casi siempre ignorante de la reacción que está a punto de desatarse en mí.

Por ejemplo, hace unos días una amiga acariciaba la mini mini melena de mi pequeña y suelta:

- Ay, Lola, dentro de nada te voy a poner diademas, horquillas y coletitas, ya verás qué guapa vas a es...

No la dejé terminar, agarré a la niña y haciendo un ademán de protección como si mi amiga la hubiera amenazado de muerte, respondí:

- Ni en sueños vas a llenarle su preciosa cabecita de flores horteras y lazos a lo belénesteban. No hay cosa más horrible que un bebé con cosas en la cabeza que no sea un sombrero o pañuelo para protegerle del sol. Por dios, no¡¡¡

Pensándolo bien, hay otra cosa espantosa: vestir a los bebés con colores pastel tipo "amarillosuave" o "verdeagua". Argggg...

Acabo de pensar otras doscientas cosas espantosas, como vestirlos de adultos, ponerles corbatas o pajaritas, zapatos con lazos rígidos, con estampados demasiado grandes, con motivos de disney, warner o cualquier otra firma de dibujos animados, con un chándal...



Cielos, es un no parar¡¡

Mejor lo dejo por hoy porque este tema da para mucho pero ya sabeis, amiguitos, que si os fustigo con el látigo de mi verbo cruel es que antes, sin quererlo probablemente, habeis hecho o dicho algo que me ha dañado la sensibilidad hasta los tuétanos....soy muy delicada, qué le vamos a hacer...

lunes, 15 de marzo de 2010

El regreso

Hace más de un año que escribí mi último post. Parece mentira que en todo un año largo no haya encontrado el momento, la necesidad o las ganas de escribir pero lo cierto es que no he escrito porque no me apetecía.

Como podréis suponer, en este tiempo he dado a luz. Todavía no me lo creo ni yo pero ahí está esa bolita de carne jugosa y tierna que me sonríe cada mañana a eso de las seis desde sus ojazos azultormenta balbuceando mamamamamá y papapapá. No sé cómo resisto sin llorar la emoción de tenerla. Ahora comprendo a esos padres que cuando adoptan a un hijo dicen que la suerte la tienen ellos, no el crío. Yo me siento así, tan afortunada que no hay palabras suficientes para describir mínimamente la felicidad que siento desde que le ví la carita en la sala de parto.

Todo ha salido extraordinariamente bien y mi pequeña Lola es tan saludable como un roble y tan hermosa como lo más bonito que hayas visto en toda tu vida. Su padre, el repartidor de mandarinas, cuando mira a los ojos azultormenta de Lola se licúa, feliz. Nos abraza a las dos y bailamos canciones del Libro de la Selva.

Mi hija me ha abierto la puerta a una dimensión de felicidad que no conocía, ni creía siquiera que pudiera existir.

No voy a decir que era lo que faltaba en mi vida porque yo no sentía hueco alguno, todo me iba muy bien sin ella. Pero es verdad que Lola y sólo hasta que ha llegado, ha completado un círculo que ya se ha había empezado a trazar desde el momento que el repartidor de mandarinas y yo volvimos a encontrarnos y a unir nuestros caminos.

Tener un hijo a los cuarenta años, además, ha sido un completo acierto dada la vida que he llevado. Porque ahora ya no me apetece salir de noche ni emborracharme fuera de casa (dentro, sí) ni seguir de fiesta en las madrugadas cuidando que el rimmel siga en su sitio. Ahora prefiero levantarme para ver amanecer en la paz de no tener resaca de cigarros ni alcohol. He dejado de fumar y el mundo huele muy bien, cosa que no sabía antes. Ya no me duele la garganta y puedo subir corriendo las escaleras y no sentir que me asfixio. Me siento genial.

El repartidor es un padre entregado y responsable al que no hay que pedirle nada: sabe lo que tiene que hacer y lo hace, encantado. Siempre tiene una sonrisa en los labios y un ramillete de besos para regalarnos. No hubiera soñado con un padre mejor para Lola, ni tan generoso, ni tan bueno, ni tan divertido ni tan eficaz.

Aún a riesgo de dar asco (de veras, lo entiendo)tengo que decir que no me puedo quejar de nada, que la vida me sonríe como nunca y que estoy convencida que esto, amigos, va a durar mucho tiempo.

Prepárense, queridos, porque Tribeca da un nuevo rumbo a su vida y ahora el emocionante e increíble mundo de los bebés formará parte de este blog.

lunes, 23 de febrero de 2009

Educando a Lola



Mi barriga de seis-meses-embarazo-on causa pequeños estragos en la que un día fue mi vida social. Toda cita que que me convoque a partir de las nueve de la noche se convierte en una ascesión a pulmón libre al Himalaya. Yo, que no me subo ni a la escalera a cambiar una bombilla. Malo, malo, amiguitos.

Y es que de veras, es muy duro quedar con tus colegas de farra en bares donde antes te entregabas con pasión desbocada al fumeque y al bebeque (y sin peso adicional, que todo cuenta)y ahora te ves asfixiándote por humos ajenos, malolientes, fétidos, pero sobre todo AJENOS, sintiendo leve deje de verguenza cuando te escuchas pedir: "yo, una sin alcohol" mientras adviertes la sonrisilla condescendiente de tus acompañantes y colocando la panza de lado para llegar bien a la barra.

Es duro. Soy una incomprendida. Nadie me quiere. Todo el mundo está en contra mía. Jo, qué malos son los demás con lo guapa, buena y nosequemás soy yo.

Vale, no empecemos con la autocompasión, que me duermo. Pero es duro ser madre y algún día mi hija Lola me tendrá que llevar de juerga para resarcirme de tantos sacrificios, leñe.

A lo que íbamos: el sábado fue uno de esos días en los que te tomas dos cocacolas para estar despierta y poder "trasnochar". Qué exceso, oigan. Dos cocacolas y dos cigarros que me fumé. Me sentía como una yonqui al borde de la sobredosis. Estás haciendo algo maaaaaaaalooooo... me decía la voz de mi conciencia. Puto pepito grillo, o te callas o saco la R-15 y te hago un ombligo nuevo. Qué asco de responsabilidad, oyes.

Y es que el sábado tocaron los HOKO en la viejuna y resistente sala Silikona y esta que les quiere no se lo podía perder porque el Mandarín, amordemisamores y Lolapadre, es el bajista de la banda. A mí me molaron mucho, pese a que el cantante se olvidó de casi todas las letras y se las inventó (pero esto es punto a favor). Una hora de concierto en que familia y amigos les arropamos cariñosamente y en la que el Mandarín brilló como estrella del "flippin´with the life" con sus bailecitos esquiva-micros y su bajo maravilloso. Y no es amor de esposa, pero es que lo vale.

La cocacola caducó a eso de la una y media, hora de recogida para mi hermana postiza y para mí dejando allí al mandarín regalando sonrisas y saltitos.

Fue una buena noche en la que además se perfiló nuestro próximo viaje: Dindondin... pasajeros con destino a la exposición de Murakami en el Guggenheim vayan haciendo las maletas, que salimos el viernes¡¡¡

Es una buena manera de iniciar a la peque en el manga, no?, sobre todo, si luego hay pintxos... se admiten recomendaciones de lugares de tapeo e invitaciones a lo que sea, que no somos remilgados. Estírense, queridos...

lunes, 9 de febrero de 2009

he vuelto

Cada vez que hago vida social, me cae la del pulpo, y la verdad es que ya me he cansado de que mis amigos me echen la bronca en versión nacional, internacional y con subtítulos. NO he dejado el blog, leñe. Aquí estoy. Digamos que me tomé unas vacaciones, les parece?.

Si ustedes son mis amigos (íntimos), pues ya saben el porqué. Y si no son tan íntimos, ahora mismo se van a enterar de la GRAN NOTICIA:


"Eso" que está bailando mientras sonríe feliz, es mi hija Lola. Tiene cinco meses, vive calentita en mi barriga y pega unas patadas que a su padre le hacen mucha gracia y a mí, cero. Toma, que la tenga él en su tripa bailando pogo, no te digo...

Sí, amigos, Tribeca está embarazada y va a ser madre de una "enfant terrible", ni lo duden. Decirlo a los colegas, de veras, ha sido un trago. Todavía se andan riendo y me dan consejos como que nazca en Culiacán para que se salve, pobrecita, que la ponga auriculares con los Tigres del Norte pa´que se vaya acostumbrando o que use pintura sin plomo para lacar el cuernito de chivo tamaño infantil no sea que se nos envenene la plebe.

Y todos se han dado cuenta tan pronto me han oido pedir la cerveza sin alcohol. No ha habido pierde. No puede haber ningún motivo en el mundo por el cual Tribeca beba cerveza sin alcohol salvo que quiera castigar al mundo con un vástago digno de ella. El escarnio, queridos lectores, se ha cebado en mí. Parece que los que se dicen mis amigos, les cuesta imaginarme sin trasnochar, sin alcoholizarme, sin fumar... y les da una risa floja pensarme arrullando a una dulce bebé.

La vida es extraña, queridos. Hace nada yo era una inconsciente feliz junto al mandarín preocupada únicamente por elegir un restaurante para cenar, el destino de nuestro próximo viaje o dónde vamos a colgar el último montaje fotográfico de mi amorcito. Bebía ricos vinos y heladas cervezas. Fumaba con pasión. Y ahora, arrugo la nariz si alguien fuma a mi lado, analizo detenidamente todos los carros de bebé que me cruzo por la calle y compro vestiditos rosas compulsivamente. La industria del vicio me echa de menos, me han escrito de varias tabaqueras y bodegas pidiendo mi regreso.

Pero Lola me recuerda que debo velar por su salud a costa de patadas. Qué rica, la nena.

El mandarín, por su parte, va todo presumido mostrándole a todo el mundo las ecografías de su hija y se está revelando como todo un padrazo (y marido) responsable, sensato, equilibrado y generoso. Exactamente todo lo que a mí me falta. Hasta ha abierto una cartilla a la nena, para que tenga un buen futuro. Algo como esto:


¿Les gusta?, pues colaboren, coño...

viernes, 5 de septiembre de 2008

Lo extraordinario de lo ordinario

Mi hermana la Negra sin Alma y yo tenemos una conexión que desafía las distancias y el tiempo y todos los obstáculos del mundo, manteniéndonos obstinadamente unidas y parejas en nuestros avatares existenciales.

Ahora, la Negra se ha enamorado hasta los tuétanos y está alucinando porque es correspondida felizmente y el tipo le ha propuesto que arrejunten sus vidas bajo el mismo techo. La Negris está emocionada, radiante y brinca de contento, pero está asustada porque es -qué ternuritas- su primera vez.

Y es que, claro, no es lo mismo ser novia de 7 a 12 y "hasta mañana", o de finde apasionado, que levantarte con el cabello hecho una selva cada día y un tipo mirándote conteniendo la risa desde la misma cama de que tratas de salir con dignidad (porque hay un tipo mirándote divertido). Da miedo, no digan que no.

Una puede organizar una cena esmerándose en la cocina para sorprender y seducir al galán, y regar por la casa un bosquecillo de velas aromáticas pa´ dar ambiente. Se puede peinar y maquillar y vestirse como señorita. Hasta correr a esa lencería tan cara y gastarse medio sueldo en un conjunto elegantísimo que nos haga sentir una femme fatale y abrocharlo todo en su sitio, para luego quitárselo ante él como una profesional aunque tenga que haber ensayado ante el espejo veinte veces. Una es capaz de eso y de más, no nos reten.

Pero, ¿qué pasa cuando el galán está ahí, todos los días, instalado?. Ta´ cabrón que le montemos el chou de las velas y a no ser que ganemos un pastón, el repertorio lencero no tardará en repetirse.

En la vida cotidiana hay que hacer compra, pagar facturas, limpiar la casa y un montón de cosas que, en principio, distan mucho de ser románticas y glamourosas. Cuando comenzamos una convivencia, una suele creer que todos los días habrá flores frescas sobre la cama y sonarán violines a nuestro paso. Y todo estará límpio como por arte de magia y la nevera llena de delicatesen, porque como estamos enamorados... no?... Pos no, oiga. Mucho me temo que no.

Cuando se es novia a tiempo parcial, o amante, o lo que sea que no implique una convivencia, se tiende a magnificar el momento que se pasa con el amado y a preparar escenarios y actividades especiales, mágicas y estimulantes que son precisamente mágicas porque son circunscritas a un tiempo limitado, restringido. No se va a poner una a limpiar el baño con el short viejo cuando recibe a su amorcito, no?.

Pero cuando se convive, en algún momento hay que limpiar el baño y ponerse el short viejo. Y el otro nos va a ver. No hagamos dramas, coño, que tampoco es para tanto.

Conocí a una tipa que, tras casarse, se levantaba una hora antes que su contrario para alicatarse hasta el techo y que este no la viera nunca sin arreglar. Qué estrés, por dios. Anda y que le den. Ni que el otro estuviera siempre vestido como un dandy mostrando su mejor perfil y con el humor que más nos conviene en ese momento.

Lo que pasa es que a mujeres como la Negra y como yo, ciertamente acostumbradas a relaciones con un nivel de intensidad grado 8 sobre 10, capaces de cruzarnos el mundo por echarnos a la cara a un cabrón para que nos diga que ya no nos quiere, siendo amantes de tipos con esposas que te quieren borrar del mapa con reguero de sangre incluído, novios inmaduros, psicópatas, perrodelhortelano, freakies, artistas y demás buenos-pa´-nada, nos asusta enfrentarnos a la normalidad.

Podemos soportar situaciones que a otros les podrían los pelos de punta y nosotras tan panchas. Podemos sufrir horrores por un tipo más cabrón que bonito que te jode la vida hasta los extremos y seguir ahí. Podemos entender que nos digan que no.

Pero vivir lo ordinario, que te quieran y dejarte querer sin aspavientos, sin neuras, sin sufrimientos, nos desarma. Tener que armar la de san quintín para encontrarte a escondidas con alguien, es pan comido para nosotras. Pero llegar a casa cada día y que esté con una sonrisa el mismo tipo todos los días, se nos hace lo más extraordinario del mundo. Tanto que revisamos las rejas de la casa para cerciorarnos que si sigue ahí es porque quiere, no porque no pueda huir.

Sabemos sobrevivir en lo extraordinario porque ha sido lo normal para nosotras. Pero lo ordinario, lo cotidiano, el día a día, con sus compras, su don límpio, su "ya no hay leche", su abrazo cálido al despertar, es lo verdaderamente extraordinario.

Y es, en realidad, lo que llevamos tanto tiempo buscando en lugares exóticos sin darnos cuenta que podemos tenerlo en nuestra propia casa.

Ya era hora, querida. Ahora disfrutémoslo. En la paz de saberse, al fin, normal, ordinaria. Como todas.

martes, 19 de agosto de 2008

pequeña crónica veraniega (primera parte)



Desde que el Mandarín y servidora nos hemos convertido en Pinypon, la casa que ocupamos se ha llenado de armarios; las paredes exhiben grabados, pinturas y montajes fotográficos tal que si fuera el MOMA; mis vecinos tararean canciones de Squirrell Nut Zippers y España empieza a conocernos, porque viajamos más que Willy Fogg.

Todo empezó hace dos años, cuando no pude ir a la boda de la Alacrana en México. Me había hecho un vestido super chulo para la ocasión, un cruce entre geisha a los Russ Meyer y la princesa Leia de la Guerra de las Galaxias con una tela de un diseñador finlandés la mar de pop. Y no lo pude estrenar, así que me quedé con la pena esperando el momento de lucirlo. Ahí voy yo con mi pena cargando cuando nos invitaron a una boda en Pamplona. Ahora van a saber los navarros lo que una ociosa es capaz de hacer con unos metros de tela comprados en las rebajas de una maison de luxe, me dije.

Y, ¿qué hace un hombre de bien cuando tiene una boda en Pamplona a las 12,30 un sábado?, pues, efectivamente: llevar a su contraria al Guggenheim el viernes en la tarde. La gente cree que el Guggenheim es un alarde arquitectónico. A mí me han contado de buena tinta que Gehry construyó el museo en el patio de su casa con papel albal y escayola, después lo trasladaron con helicópteros a Bilbao y lo dejaron caer, por eso muestra ese look arrugueitor tan moderno. Ahora, que bonito es un rato, que los vascos son los más molones de España en esto del diseño.

Lo malo es que al Mandarín le atacó el síndrome "quesoydebilbocoño" y no paró hasta que se hizo unos largos en las playas de Getxo a la que se ponía el sol mientras yo tiritaba de frío desde la orilla envuelta en dos toallas. Hasta que no le dije que había una amenaza de bígaros carnívoros, el tío no salió del agua.

Esther Williams y yo llegamos al hotel a eso de las dos de la mañana, así que no vimos nada de Pamplona más que el hotel.

Campanas de bodorrio de alcurnia sonaban cuando despertamos. Alicatados hasta las pestañas, fuimos a desayunar a un bar en el que servían cafés con leche tamaño barreño. Así me gusta, a lo grande, venga... y comienzan los encuentros, los saludos, mi pamela es más grande que la tuya chincha-rabiña, ¿quién tiene mi drogaína?, el Txetxu sigue en la Herrikotaberna desde anoche... en fin, lo normal en una boda en el norte, ya sabeis.

El autobús aquel parecía un muestrario de crinolinas y sedas salvajes cuando llegamos a la ermita, junto al río, con sus peregrinos del camino de Santiago japoneses y todo. Aquel conato de iglesia se llamaba Arre. Para mí que era pa´ animar a entrar a la gente. Pero ni por esas. Todo el mundo en la puerta mirando a un ertaintza de txapela blindada con cara de "susempaquetoatós" que charlaba con el cura. Todo muy sospechoso. Yo intenté subir al coro pero me dijeron que si cantaba me metían en un zulo y tenía hambre, así que desistí y esperé fuera.

Como parece que se dieron el "sí" de rigor, nos subieron de nuevo al bus y aterrizamos en una bonita, enoooooorme, elegante y finísima finca navarra, propiedad of course, de la familia. A tenor del tamaño de los abetos, esa finca viene de los tiempos de Carlos V. Para que se hagan una idea de la fiestecita, envidiosos lectores, los ex-novios hicieron entrada triunfal en la carpa bailando al ritmo de "La Casa Azul" en sustitución del relamido vals que estos delicados oídos agradecieron sobremanera.

Hicimos lo que hay que hacer en las bodas: comer y beber como si el mundo se fuera a acabar (el mandarín debió pensar que el armagedón llegaba en quince minutos porque se pimpló una botella de güisqui en un abrir y cerrar de ojos), bailar cosas extrañas que nunca reconocerías siquiera haber escuchado y "sufrir" encuentros más extraños aún -mi pasado adolescente en El Escorial empeñado en hacerse presente, glups-, en fin, lo normal, incluído el síndrome "Tony Manero" que le atacó al Mandarín sin ninguna compasión por estar aún bajo los efectos del "QuesoydeBilbocoño".

Y nadie sabe cómo pero al momento era el día siguiente e íbamos camino a Zarautz con una resaca del quince. Especialmente, el Tony Manero vasco que conducía el coche en el que estaba subida. El caso es que hay que joderse con lo fría que está el agua en el norte, ridiela. Se le quitan a una las ganas de aprender a nadar. Cuando empecé a ponerme toda azul y dura, el mandarín, que es un caballero, me cargó como si fuera un tronco a lo aizcolari y me llevó a una taberna en el puerto a ponerme tibia a pintxos. Después de treinta y dos txiquitos empecé a recuperar la memoria. El alcoholismo hay que mantenerlo o se te olvida, como el inglés.

Ale, que ya continuará en otro momento... O no...

Foto: Guggenheim, Bilbao. Autor: El Mandarín.

martes, 15 de julio de 2008

Así no se puede



Cuando el Mandarín se asoma al balcón ve el mundo así, redondito y onda puzzle.

Yo le he dicho que no tome más infusiones de esas extrañas que le vende el chino de abajo pero no me hace caso.

Y así pasa, que además de ver el mundo como raro, el domingo pasado, mientras regresábamos de una excursión campestre, le atacó una "cigala".

Una CIGALA.

Todos ustedes, tan amables, le disculparon cuando les conté que viajando a Asturias avistó un cóndor.

A ver ahora qué chingados dicen a esto.

Como no sea que de tanto té chino, en vez de CIGARRA dijera CIGALA, que todo se pega.

Ya verán como uno de estos días me dice que se ha hecho amigo de un PERCEBE, me cae.